La lujosa pobreza. Retrospectiva de una revolución cultural

Foto de swm

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Este texto explora la concreción utópica de la idea de lujosa pobreza como propuesta central de la necesaria resignificación positiva del concepto de austeridad energética y material que exige cualquier sociedad sostenible. Para ello se indaga en las posibilidades de contraponer al descenso de consumo de recursos un enriquecimiento de otras dimensiones de la vida social. Lo que permitiría sociedades con un desacople entre impactos ecológicos y calidad de vida, siempre que esta fuera definida desde otros parámetros culturales. Lo hace a través de un ejercicio experimental: una carta personal futura, en clave de literatura utópica, dirigida a Jorge Riechmann, figura central del pensamiento ecosocialista español, escrita a mediados del siglo XXI, en la que se hace balance de los años de transición. En las notas se añaden referencias bibliográficas que permiten profundizar en los conceptos sugeridos. Publicado originalmente aquí.

Emilio Santiago Muiño

18 de marzo de 2051, Vila da Praia, Ferrol Biorregión de Artabria, República de Galicia, Confederación Ibérica (¡a 180 años de la Comuna de Paris!)

Querido Jorge:

Lo primero, ¡felicidades! En menos de una semana cumplirás 98 años. ¡Y menuda salud! Todavía recuerdo cómo hace unos meses nos sorprendiste, otro año más, dando la talla en el tradicional paseo de año nuevo por los montes de Cercedilla. Ya querría yo sentirme así de bien si llego a tu edad. Lo segundo: es bonito volver a escribir una carta. Ya no queda más remedio desde que nos anunciaste que cancelarías tu línea telefónica para cumplir con tus deseos de paz. Como hace más de un lustro que has abandonado internet, tu aislamiento eremita es casi completo. Quizá no lo sepas, ¡pero estás en la última tendencia de algunos jóvenes radicales! La prensa los llaman “los desconectados”. Son una nueva contracultura, ¡otra más!, de la explosión de creatividad antropológica de los últimos años.

La ventaja de una carta es que no tengo que desplazarme al centro comunitario de telecomunicaciones, aunque el paseo es hermoso. ¡Ay del viejo internet distribuido de alta velocidad! A veces lo añoro. El caso es que al escribir a mano puedo mirar el mar por la ventana mientras reflexiono. Por cierto, el roce del huracán Nadia el pasado octubre trastocó mucho la línea de costa (y no te conté, pero ¡nuestra placa solar se la llevó el viento!, y estuvimos tres semanas de Periodo especial, sin electricidad).

Además de felicitarte quería compartir una anécdota maravillosa. ¿Recuerdas aquel poema en Fracasar Mejor, en el que hablabas de una Secretaría de Estado de Erotismo Odontológico en la futura sociedad ecosocialista?¹ ¡El Comité Sanitario de Artabria va a llevar a cabo un proyecto piloto que parece copiado de tu poema! Es una locura de unos jóvenes recién graduados de la universidad de A Coruña. Han animado a los dentistas locales a hacer un censo de pacientes cuya saliva porta las bacterias protectoras que impiden las caries. Y para San Juan organizarán su participación voluntaria en una especie de fiesta orgiástica en una playa. El festival se llamará El beso de una noche de verano, del que esperan una mejora estadísticamente significativa de la salud bucodental de la población. Por supuesto, los grupos locales de la Red de Erotismo Unitario están muy implicados. Sin la deliciosa erotización de la vida cotidiana que hemos vivido estos últimos 20 años algo así no sería posible. Lo que nos da pistas de que el ecosocialismo está llegando muy lejos.

Esta idea me ha animado a hacer balance. Fue en el 2019 cuando, siguiendo con la distinción de Hobsbawm entre siglo XIX largo y siglo XX corto, empecé a hablar del “cortísimo siglo XXI”. Y anticipé nuestro dilema histórico con las siguientes palabras: “A mediados de siglo habremos cruzado el Rubicón ecológico: o una sociedad reintegrada en los límites de la biosfera o la descomposición catastrófica de la civilización industrial”². Al borde de la primavera del año 2051, el ecuador de este siglo que tú has llamado “de la Gran Prueba” ha quedado atrás³. ¿Cuál es la evaluación de la Gran Prueba? El resultado final es una especie de empate. Parece que el desenlace se pospone un poco más sin terminar de resolverse.

¿Reintegración biosférica o descomposición catastrófica? No podemos asegurarlo al 100%, pero los acontecimientos de los últimos tiempos me decantan hacia la esperanza. El año 2050 ha marcado un nuevo récord en la reducción global de emisiones. Las noticias que llegan del Ártico invitan a un moderado optimismo respecto a los bucles de retroalimentación climática que nos aterraron en los veranos boreales de hace dos décadas. Y las movilizaciones ecologistas masivas en las calles de Moscú, Delhi o Toronto abren fisuras en las naciones más refractarias del bloque fosilista. Recibí hace unas semanas un mensaje de Héctor4. Se han filtrado resultados del 12º informe del IPCC: parece probable que la temperatura global solo aumente 1,8º en 2100 y luego se estabilice. Sé que dirás que este “solo” ya es excesivo. Que los trópicos ya padecen impactos muy duros (ahí está el drama de millones de refugiados climáticos). Que nosotros los conoceremos pronto. Y sobre todo, que este es un balance “antropocéntrico”. Quizá me reconozcas que, contra todo pronóstico, estemos logrando activar los frenos de emergencia. Pero que el reguero de crímenes contra la biosfera que hemos dejado atrás es inasumible. Conoces mi réplica: no solo existen los límites biofísicos. También los antropológicos. Tú mismo nos lo ensañaste: “somos (y seremos siempre) simios averiados”5. Quizá haberlo hecho mejor era pedirnos demasiado. Cuando discuto contigo en mi mente recuerdo el verso de ese poema que escribí en pleno terror climático de los años veinte: “de no extinguirse por el camino/ la humanidad del año 3260/ también se consolará con banalidades/ ante hechos inconsolables”.

Quedan muchos frentes abiertos, no lo olvido. El bloque fosilista, que profundiza en la senda abierta por aquel pionero criminal que fue Trump, sigue siendo fuerte6. Y entre los países que están liderando la transición ecológica, el ecosocialismo no es el régimen socioeconómico mayoritario (aunque existir geopolíticamente yo creo que es un milagro). El eje econacional, que ha concretado la idea de ecofascismo con la que especulábamos hace decenios, es más sólido de lo que nos gustaría. Y es verdad que la reducción más significativa de nuestras emisiones ha venido impulsada por la inesperada alianza imperial entre EE. UU. y China bajo el paraguas de un tecnocapitalismo verde y sus tentáculos neocoloniales. Que al no cuestionar la sociedad de mercado sigue presionando sobre otros límites biosféricos, aunque en lo climático sea eficaz. La destrucción de biodiversidad también ha frenado su escalada suicida, lo que es otra buenísima noticia. Pero las zonas de sacrificio siguen ahí, y hay una decena de nuevos megaproyectos mineros por todo el mundo. El ecocidio no ha desaparecido, se ha vuelto puntillista. El panorama es el de una Gaia torturada por una acupuntura extractivista terrible. Podría ser mejor. Pero también podría ser muchísimo peor. Y la regeneración ecosistémica de cada zona donde nos apartamos está siendo asombrosa.

Recapitulo así el último medio siglo porque todavía no nos hemos atrevido a pasar revista en términos de victoria. Pero hoy, ¡que se cumplen 180 años de la Comuna de París!, quiero afirmarlo: estamos ganando. Con todas las turbulencias, los rodeos, y el dolor de las víctimas, si comparamos el curso real de los acontecimientos con lo que podía haber pasado, nos merecemos celebrar, con un puñado de cerezas, el tiempo que nos toca. Y confiar en que este no será tan corto como dice la canción de Jean-Baptiste Clément7.

Toca celebrar victorias, Jorge, y toca analizarlas para fortalecerlas y extenderlas. Por debajo del choque entre placas tectónicas geopolíticas está teniendo lugar otra guerra mucho más importante y decisiva, que terminará decantando la primera. Y por ser de naturaleza radicalmente asimétrica la vamos a ganar: la guerra por el sentido de la vida, que dirían los situacionistas. Ninguno de los regímenes enemigos puede mostrar nuestros resultados: por supuesto en reducción de la huella ecológica o en el índice de Gini. Pero existen datos más relevantes. Hacemos mucha propaganda de nuestro tiempo libre per cápita, donde somos campeones. Pero nuestro soft power apenas ha explotado el argumento que me parece definitivo: casi ha desaparecido el consumo masivo de ansiolíticos y antidepresivos que caracterizaba a una sociedad como la española (especialmente en su lado femenino) hace menos de 30 años. Si la felicidad es la idea en disputa esencial, la estamos llevando a nuestro terreno.

La lujosa pobreza: creo que ahí está la clave de nuestro éxito. La revolución cultural que se desencadenó desde finales de la década de los veinte, y que hoy hierve por todo el mundo, es el arma de construcción masiva más potente al servicio de nuestro proyecto. Supimos anticipar su llegada. Pero su riqueza concreta ha desbordado nuestra imaginación utópica más febril. Pienso en aquel proyecto de anticipación visionaria decrecentista, Será una vez Móstoles 2030. Esencialmente nos quedamos cortos8.

Trazar un mapa de la lujosa pobreza y sus prácticas es una tarea imposible. Especialmente porque la “desuniversalización del mundo” provocada por la minimización del sistema de transportes, que ha aumentado tanto las distancias geográficas, hace proliferar las singularidades locales a un ritmo vertiginoso. En cada ciudad, en cada biorregión, surgen nuevas ideas y nuevas costumbres. Ningún rival político puede negarlo: las bases del proyecto ecosocialista, esto es, seguridad económica y biográfica, justicia social, tiempo libre, rearticulación comunitaria y austera relocalización ecológica de la vida cotidiana en pos de una sostenibilidad efectiva, están facilitando una de las transformaciones culturales más fascinantes de la historia. El neoliberalismo impuso su mutación antropológica en cuarenta años. Nosotros vamos camino de hacerlo antes.

El rearme de los lazos comunitarios, conservando los mejores logros del liberalismo, ha sido el epicentro. La soledad no deseada, que llegó a ser un problema psicológico de salud pública, es ahora un fenómeno casi erradicado. Hoy la gente ya no se imagina su vida sin estar inserta en tramas familiares y de amistad extensas, sólidas y diversas, de las que sentir orgullo de pertenencia. Y que sostienen el discurrir del tiempo en buena compañía. Vivimos en tribus de toda clase, en la idea de Carolina del Olmo que tuvo después tanto recorrido9. Pero a diferencia de las comunidades tradicionales, estas no son rígidas. No promueven la homogeneidad, ni censuran la herejía ideológica o sexual. Por el contrario la cultivan. Y a diferencia de las comunidades econacionalistas, las nuestras son abiertas, generosas, cosmopolitas sin perder el contacto con esa parte buena de las tradiciones que merece ser conservada.

Aquí el ecofeminismo jugó un papel tan esencial… Empujó, con todo el feminismo, por la plena igualdad de las mujeres, lo que reforzó la noción de igualdad humana en el momento en que esta se prepara para su batalla histórica más dura, que tendrá lugar la próxima mitad del siglo (compartir o matar en un mundo lleno). Y realizó dos contribuciones importantes. Primero nos introdujo a los hombres, sin vuelta atrás, en el mundo de los cuidados. El “economista cowboy” (Boulding) que todos los hombres llevábamos dentro no ha podido tener mejor baño de realidad que cantar nanas o limpiar culos de padres ancianos. Hoy la sabiduría profunda de que toda vida solo puede realizarse en nuestra condición de criaturas, no liberándonos de ella, ya no es competencia exclusiva de abuelas y madres, porque hay abuelas y madres de todos los sexos (en la expresión de Santiago Alba Rico)10. Pero además nuestro ecofeminismo ha propiciado este cambio sin idealizar los cuidados, como hace el patriarcado econacional: son necesarios y valiosos, pero son extenuantes. Por ello nuestras políticas han creado una red donde lo público y lo común se unen para hacer del cuidado una responsabilidad social y no solo familiar. En nuestro ecosocialismo no hace falta anular la personalidad de ningún miembro del grupo en beneficio de la supervivencia del resto.

En segundo lugar, el ecofeminismo ha sido el mejor vector para la popularización de la filosofía ecologista y sus ideas: la ecodependencia, la interdependencia, la finitud, y el carácter sesgado del método con el que mercado capitalista medía la riqueza material y definía el trabajo, dejando sin contabilizar lo esencial. Y ya lo hemos comentado muchas veces, pero hay que subrayarlo: ¡qué suerte para nuestras repúblicas haber podido elegir a Yayo como primera presidenta de la Confederación Ibérica tras el convulso proceso constituyente!11 En las viejas España y Portugal el proceso se consolidó tan rápido, y hemos podido ir tan lejos, porque un discurso público tan emocionante y excepcional como el de Yayo disolvió los argumentarios involucionistas. Yayo fue el ariete que nos hizo ganar por goleada la batalla mediática en el momento decisivo. Las figuras de liderazgo son siempre problemáticas. Por suerte Yayo nunca quiso el cargo, y escapó de él en cuanto pudo, lo que sin duda contribuyó a que lo hiciera tan bien.

No quiero dejar de destacar aquí que las nuevas tribus son cualquier cosa menos un espacio de reacción social. Al contrario. Uno de los efectos más fascinantes de todo lo que está pasando es algo con lo que tú ya especulaste, en un poema, hace muchísimos años: el día en que los “archipiélagos de los lugares personales” sustituyeran a los lugares comunes12. Ese día ha llegado. La gente no se reúne hoy alrededor de lugares comunes, frases hechas o silencios incómodos. Las tribus se aglutinan en lenguajes íntimos y significados compartidos construidos en complicidad. La extrema diversidad antropológica del mercado capitalista no se ha disuelto. Al revés, se ha potenciado. Pero esta no se reproduce comprando y vendiendo nada. Se reproduce compartiendo tiempo, hoy tan abundante, con los seres queridos. Por todas partes descubro algo que antes solo se dejaba entrever en algunos grupos privilegiados: la magia del genio colectivo. Todo el mundo parece profundamente inspirado y brillante en aquello que comparte con su gente. Todo el mundo parece jugar en el dream team de alguna obsesión irrepetible: por aquí los fósiles, por allá la bossa-nova, en otro sitio el humor negro, los botijos, o el aislamiento térmico de las casas. Hoy todos poseemos cinco o seis pasiones, extremadamente específicas, que nos reúnen sacando lo mejor de nosotros mismos. Muchas de ellas tienen que ver con la cobertura de necesidades que ya no dependen del mercado, como las potentes organizaciones de bioconstrucción, agroecología o artesanía. Nos hemos quedado lejos de la sociedad autónoma que Adrián preconizaba, pero hemos ganado en independencia material, y la resiliencia local ha mejorado notablemente13. Por todo ello la comunidad es, sin duda, el laboratorio de innovación antropológica por excelencia.

De todos estos rasgos nuevos el que mejor anticipó la escasa utopística ecologista que nos precedió (pienso en Ectopía, de Ernest Callenbach), y en el que tú también pusiste mucho empeño, es la biofilia. Hoy el disfrute del sentimiento de naturaleza y su belleza tremenda no es una aventurilla de fin de semana. Es un matrimonio feliz. En Ferrol las migraciones de aves marinas, las perseidas o simplemente el temporal de turno se han convertido en espectáculos tan masivos como antaño los buenos estrenos de cine. El déficit de naturaleza en los niños se ha corregido desde la escuela: las experiencias en comunidad y al aire libre, que en nuestra época solo se tenían en campamentos de verano, hoy son parte de su educación integral todo el año. Nos desprecian los liberales, y nos acusan de generar algo parecido a los jóvenes pioneros cubanos. ¡Qué imbecilidad! ¡Cómo si hubiera el más mínimo adoctrinamiento en este aprender a vivir en equipo y a la intemperie! Basta tener una conversación con cualquier adolescente: si obvias los pájaros en la cabeza propios de la edad, en su sensibilidad y en su amor hacia todo parece que hablaras con el mismísimo Whitman. Y qué provechosa está resultando la Tercera Cultura de Paco Fernández Buey como centro de la reforma educativa, que tan bien supo sacar adelante nuestra amiga Carmen cuando ocupó aquella secretaría ministerial *. La politécnica y un amplio conocimiento, tanto humanista como científico, no son rasgos excepcionales en los universitarios de hoy. Son norma. Los buenos resultados se ven desde pequeños. Es sorprendente como mis nietos Ibai y Sálvora conocen la flora y fauna de Artabria de un modo que antes solo estaba al alcance de biólogos. Aprendo de ellos a diario. Y me gusta acompañarlos en las acampadas astronómicas que hacen con sus amigos. Les he convencido para jugar a diseñar mapas de constelaciones imaginarias y tejer relatos que den forma a sus mitos. Soy para ellos una especie de viejo gurú surrealista. De momento me hacen caso, aunque pronto reclamarán su intimidad.

Y hablando de surrealismo, ¡qué magnifica ha sido la democratización efectiva del talento artístico! Si esto que estamos viviendo no es el comunismo del genio que preconizaba Bretón y sus compadres, ¿qué lo sería? Nuestro amigo Eugenio Castro14 nunca ha aprobado mi afirmación, pero estoy convencido. A través de un rodeo, el proyecto surrealista ha cumplido su cometido histórico del modo más hermoso posible: dejando de ser vanguardia para convertirse en costumbre popular. La conversión del arte en un terreno comunal sin derechos de propiedad, el antienclosures del arte (como lo llamo magníficamente Jaime15 haciendo referencia al proceso de cercamiento de la acumulación originaria capitalista), es una fuente permanente de vigor cultural. Y no solo hablo de los miles de grupos de música que han florecido las últimas décadas. O de las muchas escritoras de novelas, poemas, o pintores o escultoras. O del hecho de que no haya un barrio sin una compañía amateur de teatro. ¡Si hasta el culto a los propios sueños, y no hay nada más surrealista que eso, está hoy cada vez más generalizado! Por no hablar de la experimentación con lo maravilloso que anima a esa subcultura, “los exploradores de lo admirable”. Que sin saber demasiado del surrealismo organizan congresos donde intercambian sus descubrimientos, que sin duda son destellos de eso que Bretón llamó “el oro del tiempo”.

Es muy interesante constatar también como el terrorismo poético que Hakim Bey formuló el siglo pasado, filtrado por aquella película comercial de Hollywood de dosmilveintipoco, ha supuesto una vía para la vulgarización de las ideas situacionistas tremendamente fértil. Que importantes son las modas no intelectuales y que poco trabajamos en ellas, Jorge. Mucha gente dedica hoy sus horas libres a “construir situaciones”. Sin duda a su manera y de un modo tan poco sofisticado que escandalizaría a Debord. Pero ahí están. Y resulta divertido ver como los grupos de unas y otras ciudades compiten por generar bromas creativas de gran alcance, como la última en Zamora con la falsa alarma de las anacondas. En este sentido, echo la vista atrás y creo que mis libros más importantes han sido las pequeñas publicaciones sobre psicogeografía, como aquella de Madrid, que animaban a la gente a realizar derivas. Me enorgullece haber contribuido a que el paseo reencantado tenga, en nuestra cultura ecosocialista, su pequeña comunidad iniciática. Siempre he defendido, por cierto, que la industria del videojuego fue una “amarga victoria del situacionismo”. Según me cuenta mi hijo Lautaro, hoy seguimos teniendo buenos videojuegos programados colaborativamente en código abierto, aunque ya no aquellas plataformas multijugadores online que resultaban energéticamente inviables y psicológicamente adictivas. Pero es fascinante cómo los juegos de mesa han cogido el testigo y de un modo tan creativo: ¡hoy no hay grupo de amigos que se precie que no haya inventado su propio juego de mesa!

Esta realización situacionista-provinciana del arte no nos pilla por sorpresa. Pero lo que sin duda nos ha cogido desprevenidos es la explosión masiva del deporte. ¿Cómo no lo vimos venir? Se nota que tú y yo siempre compartimos sesgos propios de gentes librescas. ¡El fenómeno Decathlon y todas sus derivas estaba cargado de buenas promesas ecologistas! Hemos superado los tics del principio del siglo XXI, como la hiperequipación tecnológica o el turismo deportivo de largas distancias. Y hemos de admitirlo, ¡cuánto no ha aportado, en estabilidad sociológica y calidad de vida, la práctica masiva del deporte al ecosocialismo! Las ligas de base de los más diversos deportes, muchos nuevos y extravagantes, son algunos de los acontecimientos sociales más vibrantes de nuestros calendarios. Los datos del ICE (Instituto Confederal de Estadística) apuntan que casi un 85% de la población es deportivamente activa. Y aunque seguimos teniendo estrellas del futbol, el carisma de Laura Acosta o Mario Luque no se pueden comparar al influjo hipnótico que ejercían Messi o Cristiano Ronaldo a principios de siglo. Cada vez quedan menos ídolos mediáticos. Pero los buenos ejemplos, cercanos y accesibles, se multiplican. Y estoy seguro de que las chavalas de Ferrol hoy valoran mucho más la suerte de poder jugar una partida de futbol medieval (son espectaculares, participan cientos de personas por equipo) en la playa de Valdoviño, cuerpo a cuerpo, con Helga Prieto (la estrella del Racing de Ferrol femenino), que una foto con Acosta.

Seguramente sea esta masificación del deporte, unida a una dieta mucho menos cárnica, un ambiente menos tóxico, y el mantenimiento de nuestros sistemas públicos de salud, lo que nos ha permitido conservar la esperanza de vida. Las predicciones agoreras de algunos amigos sobre la mortandad masiva en el siglo XXI han resultado erradas. Y hoy tener más de dos hijos se ha convertido en nuestros países casi en una aberración culturalmente automática, tan interiorizada como puede estarlo el tabú del incesto. ¿Control demográfico restrictivo? El debate sigue abierto, pero como apuntaron algunas compañeras feministas hace años, estamos comprobando que si entregas derechos a las mujeres en plena igualdad (reproductivos, pero también económicos y políticos) la transición demográfica vendrá sola, en un dulce laissez-faire.

Hablaba antes de la erotización de la vida cotidiana. La revolución sexual del siglo XXI, nuestro “giro bonóbico” como lo llama la antropóloga Lucía Gándara, ha resultado increíble: ¡qué maravillosa síntesis hegeliana! Somos una sociedad muchísimo más promiscua, en la que se folla más y mejor, con mucha más empatía, más disposición lúdica y deseos menos condicionados por los patrones estéticos de la publicidad o los arquetipos gestuales del porno comercial. Pero a la vez el compañerismo amatorio es mucho más sólido, y las parejas de amigos que se aman, ¡incluso los matrimonios!, vuelven a proliferar y durar, sentando los cimientos de todo tipo de familias que ya no resultan asfixiantes. ¡Qué diferencia con la sexualidad neoliberal compulsiva de la era Tinder! ¡Qué distancia más hermosa respecto a eso que Santiago Alba Rico llamaba “un mundo de solteros, sueltos, solos”, incapaces de enamorarse, que se nos descubre ahora como narcisismo bulímico para la interacción de soledades desconsoladas!16 Me viene a la cabeza un viejo tema de Nacho Vegas y comparo17. Hoy, en las noches de luna llena, los hombres y las mujeres lobo se entregan más que nunca a sus orgasmos más salvajes y sus fantasías más retorcidas. Pero cuando amanece ya no se mueren de pena, como cantaba esa canción.

¡Qué reconfortante resulta comprobar que no hay incompatibilidad entre hedonismo y sostenibilidad! El verdadero carpe diem, el de Horacio, que llamaba a disfrutar con gratitud de los milagros sencillos de cada día, está sustituyendo a ese carpe diem adulterado que se convirtió en el lema oficial de la sociedad de consumo. Los rasgos monstruosos que conocimos en el hedonismo de la Gran Aceleración se debían a que estaba enfermo de acumulación capitalista. El movimiento Placer Km.0 (que se parece tanto a eso que yo imaginaba hace muchos años con el nombre de dandismo descalzo) es sin duda una de las contraculturas más masivas e interesantes que han surgido estos últimos años. Sus ramificaciones son inmensas: artes como el del interiorismo, el masaje o el diseño y tejido artesanal de ropas bonitas son hoy parte de un amplio movimiento DIO (do it ourselves). La sutileza de nuestra gastronomía ecosocialista con productos locales crece en progresión geométrica. Como la gente tiene mucho más tiempo, no hay evento social que no esté acompañado de comida deliciosa, vino y cerveza caseras, frutos de la huerta que recuperan variedades autóctonas casi extinguidas. Si existiera un sensualómetro que pudiese medir sensaciones en variedad e intensidad, esta contribución anónima a una red de reciprocidad tejida con recetas estaría dejando en ridículo el mercado de la cocina de autor de principios de siglo.

Incluso el consumo de drogas ha perdido su vieja función de herramienta de medicalización masiva y control social que, bajo un disfraz transgresor, gestionaba los estados colectivos de ansiedad y frustración provocados por la alienación capitalista. Hoy como ayer los jóvenes vuelven a leer los ensayos de Huxley o Castaneda como libros que inician en misterios importantes. Y emplean muchas horas en conseguir el acceso a los psicotrópicos que brinda el ecosistema local (aquí en Galicia causan furor algunos hongos que crecen espontáneamente en lo más profundo de los nuevos bosques que están sustituyendo las antiguas plantaciones de eucaliptos). Pero, enmarcadas en las nuevas cosmovisiones emergentes, estas incursiones en los mares desconocidos de la conciencia ya no resultan ridículas ni superficiales.

En este punto, y aunque es un fenómeno de primera magnitud, pasan los años y me cuesta reconciliarme con el retorno de las espiritualidades. Las tradicionales, y las nuevas. Aunque admito su importancia. Por supuesto, en un plano político, la alianza con el cristianismo ha sido esencial. En retrospectiva, hay que reconocer que la Laudato fue uno de los documentos más importantes del siglo, y por ende, de la Historia. La mezcla de sabidurías budistas y taoístas con las éticas helenísticas (especialmente Epicuro), donde fuiste pionero, ha sentado las bases del nuevo sentido común moral que habitamos18. Y acepto que la última gran tarea antropológica que tenemos pendiente, la sustitución de un paradigma antropocéntrico por un paradigma biocéntrico (aunque sigo pensando que costará milenios), solo puede nacer del éxito del gaianismo, actualmente en germen (a pesar de que algunas de sus expresiones me siguen pareciendo delirantes, y en términos políticos son una mosca cojonera insoportable). En resumen, esta explosión cultural de compasión, esta aceptación masiva de la finitud como un regalo y no como un obstáculo, no hubiera sido posible sin el retorno de las espiritualidades. Y sin duda salvar el alma, o más sencillamente meditar, es ese tipo de praxis en la que construir un sentido de vida que hace las paces con un planeta finito.

Esta pequeña relación de los rasgos más destacados de la lujosa pobreza como revolución cultural, sin ser nueva, creo que permite valorar mejor nuestro potencial. Lo que se agita en los corazones de los manifestantes rusos, pero también de la oleada joven que amenaza con sacudir los cimientos del Partido Demócrata estadounidense como lo hizo Alexandria hace 30 años, no es solo el miedo climático: es la seducción creciente por nuestro austero y ecológico modelo de felicidad.

Voy terminando con una confesión Jorge: miro a mis nietos, y siento algo que jamás pensé que podría sentir a estas alturas. Toda la vida me ha atormentado su juicio generacional. Tener que responder ante sus reproches por el mundo destruido que les dejábamos en herencia. Sin embargo, sinceramente, los veo crecer entre los dones de la lujosa pobreza y me remueve algo parecido a una envidia sana. ¡Quién tuviera 15 o 20 años hoy! Siguiendo con los versos de El tiempo de las cerezas, ya que estamos celebrando la Comuna, veo que las muchachas de hoy tienen muchísima más locura en la cabeza y los enamorados de hoy muchísimo más sol en el corazón del que tuvimos nosotros. Cuando dudo y zozobro me agarro a su alegría tan nueva.

Me despido. Un fuerte abrazo de tu amigo Emilio.

 

* Sobre la noción de Tercera Cultura véase Madorrán C. (2018) “Buscando un candil. Movimientos de Ilustración para el Siglo de la Gran Prueba”, en Riechmann J. et al. Ecosocialismo descalzo: tentativas, Barcelona: Icaria.

1. Riechmann J. (2013) “Secretaría de Estado de Erotismo Odontológico” en Fracasar Mejor, Tarazona: Olifante, pág. 130.

2. Santiago Muíño E. (2019) “El cortísimo siglo XXI”, La Maleta de Portbou, nº36.

3. El concepto de “El Siglo de la Gran Prueba” está presente en toda la obra de Riechmann. Véase Riechmann J. (2013) El Siglo de la Gran Prueba, Tegueste: Baile del Sol.

4.  Referencia a Héctor Tejero, diputado ecologista de Más Madrid en la XI legislatura de la Asamblea de Madrid, con quien escribí en 2019 ¿Qué hacer en caso de incendio?, Madrid: Capitán Swing.

5. Esta noción es constante en la obra de Riechmann. Véase Riechmann J. (2017) ¿Vivir como buenos huérfanos? Madrid: Catarata.

6. Sobre el carácter históricamente pionero del gobierno de Trump, véase Santiago Muíño, E. (2018) “De nuevo estamos todos en peligro” en Petróleo, Barcelona: Arcadia.

7.  Le Temps des cerises, canción escrita por Jean-Baptiste Clément en 1866 que se convirtió en uno de los himnos de la Comuna de París.

8. Una síntesis de este proyecto puede encontrarse en Santiago Muíño E. (2019) “Será una vez Móstoles 2030”

9. Del Olmo C. (2013) ¿Dónde está mi tribu?, Madrid: Clave Intelectual.

10. Alba Rico S. (2017) Ser o no ser (un cuerpo), Barcelona: Seix Barral.

11. Referencia a la antropóloga y pensadora ecofeminista Yayo Herrero. Véase Herrero Y. (2018) “Sujetos arraigados en la tierra y en los cuerpos”, en Petróleo, Barcelona: Arcadia.

12. Poema “Hacia la Séptima Internacional”, recogido en el libro Riechmann J. (2013) Entreser. Poesía reunida 1993-2007, Caracas: Monte Ávila Editores.

13. Sobre ecologismo y autonomía política, véase Almazán A. (2018) “La actualidad del ecologismo como propuesta de autonomía” en Riechmann J. et al. Ecosocialismo descalzo: tentativas, Barcelona: Icaria.

14. Referencia a Eugenio Castro, miembro del Grupo Surrealista de Madrid, y autor de Castro E. (2011) La flor más azul del mundo, Logroño: Pepitas de Calabaza.

15. Referencia a Jaime Vindel, historiador del arte ecosocialista, autor del texto “Entropía, capital y malestar: una historia cultural” en Jappe et al. (2019) Comunismos por venir, Barcelona: Icaria.

16. Alba Rico S. (2015) Leer con niños, Barcelona: Random House.

17.  Referencia a la canción “Ciudad Vampira”, del disco de Nacho Vegas Resituación (2014).

18.  Véase Riechmann J. (2017) ¿Vivir como buenos huérfanos?, Madrid: Catarata.

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