Recuerdo de lo imprevisible

Él la adelantó y quedó solo; vio en la ciudad el desierto.
     Huesos de casas había en el desierto y espectros de casas; con los portones cerrados, las ventanas cerradas, los negocios cerrados.
     El sol del desierto resplandecía en la ciudad invernal. El invierno era como no había vuelto a serlo desde el 1908, y el desierto era como nunca lo había sido en ningún lugar del mundo.
     No era como en África, ni tampoco como en Australia, no era ni de arena ni de piedra y, sin embargo, era como en todo el mundo. Era como es también en medio de una habitación.
     Un hombre entra. Y entra en el desierto.

ELIO VITTORINI, Uomini e no

1. Preguntas para la guerra en curso. ¿Podremos volver a quitarnos las máscaras? El mundo volverá, aunque no será el mismo; la existencia cambiará, pero en torno al dolor y la muerte, la amistad y el amor seguirán en su centro. Con el Covid19, la tierra reclama expresiones de esa acción concertada que brilla con sencillez como inteligencia, audacia, tesón… al final de la noche. ¿Lazos de conspiración que se despliegan como un virus, fragmento a fragmento, mundialmente?

Desde que empezó el confinamiento me vienen a la cabeza dos cómics premonitorios. Nausicaä en el valle del viento, de Miyazaki, y Los jardines de Edena, de Moebius. Como un recuerdo de lo imprevisible. Dos historias ilustradas, dos imágenes, donde el mundo se había vuelto irrespirable y la exigencia de la máscara contra la infección pulmonar no tenía vuelta atrás. ¿Podremos nosotros y nosotras volver a quitarnos la máscara?

Lo mejor de Moebius son los dibujos, mientras la vena de los personajes de Miyazachi viene de Joseph Conrad. Nausicaä es una joven sin temor, como en la Odisea, pero aquí arrojada a la aventura y el viaje. Y es precisamente en los momentos de peligro, enfrentada a situaciones extremas e inimaginables, cuando demuestra una solidaridad inquebrantable y una fiera lealtad, a sí misma y al mundo, que la vuelven inolvidable. Nos hace ver un mundo que, como todos nuestros mundos, está «flotando en un abismo y en contacto con la inmensidad» (Conrad).

2. Los virus del enigma. Sobre los virus existen «acuerdos científicos», pero pocas certezas últimas. Existe el acuerdo de no darles el nombre de organismo vivo, pues no poseen organización celular. Aunque contengan cadenas de información clave —ARN o ADN— que modifican la organización celular de sus huéspedes. El virus se encuentra entonces en el límite de lo viviente, en el umbral entre orgánico e inorgánico, y se le supone una antigüedad coextensible con el surgimiento de la vida en la Tierra. ¿Comenzó el despliegue de lo viviente con el tóxico contagio masivo —viral—, de lo inorgánico con su límite proliferante? Agresiva fuerza de transformación de zonas ecológicas…

Y es precisamente en los momentos de peligro, enfrentada a situaciones extremas e inimaginables, cuando demuestra una solidaridad inquebrantable y una fiera lealtad, a sí misma y al mundo, que la vuelven inolvidable.

3. «Unificación micróbica del mundo». No sabemos cómo se comportará este virus después de la primera oleada global. Solo sabemos que el VIH y la Hepatitis C siguen aquí. Y sabemos que no es lo mismo tenerlos en el norte que en el gran Sur, por ejemplo, en torno al enorme Lago Victoria africano, en el terreno apocalíptico que retrató el gran documentalde La pesadilla de Darwin.

Emmanuel Le Roy Ladurie habló de la «unificación micróbica del mundo», advenida entre los siglos XIV y XVII de la mano de la peste. Setecientos años después, habitamos el límite insoportable de la globalización. La integración de nuevas zonas en el entramado metropolitano global conlleva su desintegración en cuanto áreas de diversificación de las formas de vida —no solo humanas. Así, se integran en la zona tóxica, donde los vertederos rezuman, los niveles de Nitrógeno y CO₂ calcinan nuestros pulmones y los virus se vuelven mutantes agresivos. Hemos podido leer estos días artículos de biólogos donde se vinculaba la emergencia de mutaciones víricas tóxicas, como el Covid19, con la extensión masiva de monocultivos, la concentración de enormes granjas industriales de animales, la destrucción de bosques primarios… Es decir, con la expansión de tierras contaminadas de la mano del gran capital. En este sentido, el Coronavirus es una venganza de la tierra. ¿Queréis un mundo irrespirable? Aquí lo tenéis.

4. El desierto en el corazón de las metrópolis. La imagen de las fastuosas metrópolis desiertas ha dado la vuelta al mundo. Un desierto, ni de arena ni de piedra, tal y como nunca ha sido en ningún lugar del mundo, y sin embargo, tal y como es en todo el mundo. Como es también en medio de una habitación. Un hombre entra. Y entra en el desierto. No hay nadie, nadie llama, nadie responde, nadie espera. Ni compañeros, ni compañeras, solamente el vacío. En soledad, el mundo entero atiende en nosotros. El desierto es su ausencia, es un momento de peligro donde se juega el destino y se demuestra el carácter… hoy, de toda una época. También en la proliferación de grupos de apoyo mutuo, cajas de resistencia, comités locales puede verse que lo que el virus golpea es, sobre todo, la forma de vida metropolitana. Hacinamiento y separación, entretenimiento y angustia; concentración de riqueza y poder, y dispersión de incertidumbre y contaminación, ecológica y existencial.

En lo que queda en el norte de viejas áreas campesinas, de pequeños pueblos montaraces, si no fuera por las residencias de ancianos, la presencia del virus sería poco perceptible. Puede que sea también porque la forma de vida campesina vive su extinción desde hace décadas. Es complicado habitar esos pueblos un poco alejados del helado corazón metropolitano. Sus calles están generalmente desiertas. En esos lugares, o se depende de la agroindustria, o hay que inventarse una vida; si uno no quiere arremolinarse alrededor de las funciones de ordenación del territorio y gestión de población.

Y, sin embargo, experiencias de comunalidad, sencillas o combatientes, resisten por todas partes más allá de las pantallas. Se comuniza parte de las cosechas —como siempre se ha hecho—, o se comunizan técnicas y contactos, saberes, recursos… vidas enteras. Tanto en el castigado gran Sur como en el poblado archipiélago de experiencias que, en el norte, recorren las grietas de un mundo helado. Helado, pues apenas reacciona a la hecatombe de especies, al mar sembrado de cadáveres, a los atestados campos de refugiados, al veneno que rezuma por todas partes una tierra contaminada.

La fuga de las metrópolis globales es un goteo sin fin. Una fuga hacia una vida algo más ruda, más en contacto con la tierra y con sus frutos y especies; así como con las inclemencias del cielo del cambio climático. De todas maneras, nunca salimos hoy totalmente de la galaxia metropolitana. Así, la vida reinventada en sus anillos exteriores —como en las grietas interiores— puede recuperar algo de la lentitud de lo que crece con vitalidad; algo de la presencia mutua llena de misterio, que demuestra lo que vale en los momentos de peligro; algo de ese ritmo que permite mirarse a los ojos; algo también de la distancia frente al acoso de los acaparadores. Y si tenemos suerte y encontramos a alguien, a un grupo de amigos, con las ideas claras y el corazón ardiente, podemos recuperar algo de esa capacidad básica que es organizarse, deviniendo fuerzas con lazos que alcanzan el mundo entero.

También en la proliferación de grupos de apoyo mutuo, cajas de resistencia, comités locales puede verse que lo que el virus golpea es, sobre todo, la forma de vida metropolitana.

5. El espectro del colapso. La imagen del colapso que nos asedia es la del Estado. Es decir, de la forma de gobierno que, desde el final del ciclo de la peste, a la salida del siglo XVII, tomó a su cargo ordenación del territorio, gestión de población y gobierno de los individuos por su verdad, con el objetivo de asegurar el enriquecimiento nacional: La economía. Tiene razón Jaques Fradin1, nunca hemos salido del mercantilismo. El Estado moderno tomó a su cargo no solo la capacidad de poder matar, sino también la de hacer vivir. A principios del siglo XVIII, en el famoso compendio de Delamare, era el término de policía el que señalaba «el conjunto que cubre el nuevo ámbito en el cual el poder político y administrativo centralizados pueden intervenir. (…) En pocas palabras, la vida es el objeto de la policía: lo indispensable, lo útil y lo superfluo. Es misión de la policía garantizar que la gente sobreviva, viva e incluso haga algo más que vivir» (Foucault, «Omnes et singulatum»). Aunque la vida escape por todas partes.

El Covid19 no es especialmente mortal. Es su potencia de contagio en las aglomeraciones hiperconectadas lo que da vida al espectro del colapso. Ataca la red sanitaria, la capacidad de garantizar que la gente sobreviva… en el entramado metropolitano industrial. Atacando el sistema sanitario en el corazón de las metrópolis globales, ha bloqueado la economía. El sistema no puede permitirse un aluvión descontrolado de imágenes de cuerpos muertos o desatendidos. Pero los destrozos que el virus está ocasionando sobre la economía alguien tendrá que pagarlos. ¿Imaginan quién?

Si Agamben tiene razón en señalar el perfecto ensayo que la pandemia significa para la intensificación de la tecnología cibernética de control, bajo un estado de excepción que se ha convertido en regla, el daño inmenso que ésta está ocasionando y ocasionará, tanto sobre las arcas de los Estados, como sobre miles de vidas que se están quedando sin medios para sostenerse, va a ser enorme.

6. Lo previsible. ¿Quién va a pagar los destrozos? El Covid19 va a ser la excusa perfecta para realizar nuevos recortes en el gasto público. Si no en la sanidad, sí en la educación y en las pensiones y en todo lo que podamos imaginar. Volverán a intentar hacerlo más o menos escalonadamente. Primero aquí, luego allí. Y también a nivel privado, si todo sigue igual, se avecina una nueva escalada de empobrecimiento general, un empeoramiento aún mayor de las condiciones de existencia. Especialmente, si se sigue pensando en hacer frente a lo que viene con las herramientas típicas de la izquierda-no-revolucionaria, que siempre son las mismas: neutralizar la conflictividad histórica para contribuir en la gestión de la miseria.

Para ello, la Fed y los Bancos Centrales tendrán que abrir el grifo del dinero para aumentar la capacidad —y mejorar las condiciones— de endeudamiento de bancos, Estados, corporaciones. De manera que puedan seguir haciendo negocio incrementando la infame deuda infinita que pagan nuestras vidas. De esta manera, el Capital de la mano del Estado podrá ir dejando caer en la miseria a los seres y a los sectores más expuestos o debilitados, e ir progresivamente empeorando las condiciones de trabajo y de existencia del resto; reproduciendo con ello el miedo que hará que sigamos apretándonos el cinturón y combatiendo unos con otros.

7. Lo impensable. Todo esto en el caso de que haya algo por pagar, es decir, por salvar. Pues tampoco está claro. Aunque es hoy poco probable, también puede ocurrir que la fuga de las metrópolis contaminadas sea la única opción que nos vaya dejando este santo virus, o el próximo.

Lo inaudito revolucionario, por otra parte, puede ser tener, no solo medio continente europeo, sino más de medio mundo saliendo masivamente a la calle cada viernes y/o cada sábado, encontrando formas de acción concertada que rompan el aislamiento nacional de las insurrecciones y revoluciones modernas.

8. Lo inaudito. En principio, «lo previsible» es el plan. Solo que, dentro de la catástrofe, ecológica y existencial, metropolitana y global —que nosotros éramos ya antes del virus—, han entrado lo imprevisible y lo inaudito. Lo imprevisible catastrófico, pero presentido hace años (CAT40), es la desconexión del sistema mundo de zonas enteras que han sido despojadas y devastadas para alimentar la acumulación capitalista.

Lo inaudito revolucionario, por otra parte, puede ser tener, no solo medio continente europeo, sino más de medio mundo saliendo masivamente a la calle cada viernes y/o cada sábado, encontrando formas de acción concertada que rompan el aislamiento nacional de las insurrecciones y revoluciones modernas. Procesos revolucionarios, que obvien el lugar simbólico donde el poder nacional opera el ritual de gestionar una miseria, cuya generación no controla en absoluto, para iniciar el doble movimiento destituyente. Doble movimiento que implica, no solo la tarea de destruir toda expresión de la doblez, bajeza y mezquindad que anegan este mundo, sino también, la tarea de recomponerse en otra parte, de reparar los destrozos para poder desplegar otra manera de vivir.

Una vida cuyo fin no sea la economía, la eficiencia, la nación, el placer o una felicidad abstracta, como nos enseñaron; cuyo fin sea sencillamente tener una buena vida, un buen vivir, lo cual se consigue, como se ha dicho, haciendo cosas y complaciéndose en ellas. El fin de una vida buena no es exterior a ella, radica en cómo haces lo que haces, en cómo vives lo que estás viviendo. Elio Vittorini lo resume brillantemente: «Sois unos presuntuosos. Queréis trabajar para la felicidad de la gente y no sabéis o que precisa la gente para ser feliz. ¿Podéis trabajar sin ser felices?» Evidentemente, para plantear el despliegue de una buena manera de vivir algunas cosas son necesarias: 1) mantener recursos comunes e individuales, medios de existencia; 2) bloquear el retorno de la locura de acaparar; 3) calcinar la falacia de la imagen del lujo, que ciega nuestra percepción, encandenándonos a una avalancha de bienes superfluos, frustrantes; 4) erradicar a todos esos mánagers desquiciados por una eficiencia que, en realidad, solo equivale al incremento de la explotación y agotamiento, nuestros y de la tierra. Esto es: inventar la Commune del siglo XXI, por todas partes.

El virus nos ha enseñado una posible buena vida al salir del confinamiento: mantener solo los trabajos esenciales reduciendo jornadas; cobrar el paro de manera universal e infinita, mientras exista; iniciar una huelga de alquileres y tal vez una huelga humana, una huelga infinita y destituyente; ir a la escuela y a trabajar la mitad del tiempo y la mitad de la gente; dedicarse mucho más a las personas y a las cosas que amas, a jugar y hablar más con tu hija, a lo que te apasiona hacer o investigar, a cocinar y cuidar la casa, a formarnos por nosotros mismos, a enriquecer los vínculos con quienes viven alrededor nuestro, a apoyarse mutuamente, a volver a la tierra.

Elio Vittorini, en su fulminante novela sobre la lucha encarnizada en Milán, justo al final de la segunda guerra mundial, momentos antes de la «liberación», nos enseña que nada hay tan problemático como la resistencia y la liberación misma. Pues en el ser humano vive también el buitre y la hiena, vive lo peor, y la capacidad de hacer lo peor, viven Trump, Hitler y sus fans; vive El Assad, la cúpula china, todos los socialistas sin empleo y todos los policías de este mundo.

9. Mundos Mad Max. Ante la previsible escasez de recursos en un futuro no lejano, la fragmentación triste se expande y no la globalización feliz. Desde hace unos quince años la única manera de ganar una guerra para el bloque tecno-occidental es expandir el caos, alimentando mundos Mad Max. No existe proyecto civilizador, solo existe un proyecto de control. A nivel global, la principal operación ha consistido en la expansión del interés económico y la integración y desintegración tecnometropolitana de los mundos. No existe realmente un proyecto civilizador, pues Occidente no solo está en ruinas, desconfiando y recriminándose a sí mismo su historia y sus principios, sino que, ante el agotamiento de los recursos, se deshace en cuanto puede de zonas culturales viejas y orgullosas, como Siria, Libia, Irak, insertando caos en el caos, intensificando maquiavélicamente la destrucción sobre la destrucción, generando zonas enteras de mundos Mad Max1; que restarán competidores en la agonía que viene… si todo sigue igual. Pues como dijo un compañero, «que todo siga “así” es la catástrofe».

10. Una vida en la Tierra. En octubre de 2019, diecinueve naciones se veían sacudidas por insurrecciones, reclamando el final del despojo económico y político, y una vida digna. El Covid19 nos ha encerrado a todas y todos en casa, obligándonos a familiarizarnos aún más con la tecnología digital y desplegando el mayor experimento de control y vigilancia nunca visto.

En los meses que vienen se va a jugar la revolución mundial de la nuevas tecnologías. La revolución mundial de la imprenta y la artillería sabemos quién la ganó. Sabemos que nosotras y nosotros la perdimos, dejándonos encerrar en los Estados capitalistas y coloniales donde todavía vivimos.

El peligro más insidioso radica en creer que no somos capaces de enfrentarnos a los problemas que nos plantea la vida en la tierra —cuando no somos nada diferente del planeta—. Problemas técnicos, problemas pasionales, problemas éticos… o visiones cósmicas. Ese peligro es el gran paso por el que puede volver a penetrar todo el miedo que nos gobierna, dando nueva vida al orden económico-político del presente, caracterizado desde el pobre infausto Maquiavelo como el orden de la doblez, la falsedad, el oportunismo y la traición.

Contra el miedo, hay que volver a respirar, sentir nuestra pertenencia a este planeta común, que son muchos mundos. «Nausicaä es la que vuelve a ligar los vínculos con la Tierra», hace decir Miyazachi en la película. Porque ninguna cosa está sola, ninguna cosa está separada. Donde hay una cosa está todo lo demás, en nuestra habitación vive con nosotros todo el pasado y todas las ciudades del mundo. «Incluso la noche fuera de la ventana no es una cosa sola; es todas las noches» (Vittorini). Todas y todos los oprimidos han muerto y están muriendo también por nosotros y nosotras, también por nuestra vida están muriendo, para liberarnos. Liberarnos de una manera diferente a cada uno, como dice Vittorini. «Una manera (…) que dé a los hombres el hacerse una cosa de verdad de cada una de sus cosas» (Un modo (…) che dia agli uomini di farsi una cosa vera in ogni loro cosa). Si prestamos atención, ahora, sentiremos el estremecimiento de la entera atmósfera a nuestro alrededor.

1https://lundi.am/Panique-boursiere-en-temps-de-coronavirus-Jacques-Fradin

1Lean Dawla, de Gabriele del Grande, vean ISIS: Birth of a Monster de Paul Moreira y saquen sus conclusiones.

Imagen de rtnvnc

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