Sobre la catástrofe en curso y cómo salir de ella

Serge Quadruppani y Jérôme Floch

publicado en lundimatin# 321, 10 de enero de 2022

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La creación de un nuevo enemigo interior bajo la etiqueta de los “no vacunados” es la última etapa de una manipulación sistemática por parte de Macron a la que todos, de una u otra manera, hemos sucumbido.

Recordemos que fue el mismo Macron quien, en el momento de anunciar el primer confinamiento, el 12 de marzo de 2020 vino a declarar: “Mis queridos compatriotas, mañana tendremos que aprender las lecciones del momento que atravesamos, cuestionar el modelo de desarrollo que nuestro mundo promueve desde hace décadas y que está revelando claramente sus defectos a plena luz del día, cuestionar las debilidades de nuestras democracias. Lo que esta pandemia ya ha puesto de manifiesto es que la asistencia sanitaria gratuita, con independencia de los ingresos, la procedencia o profesión, y nuestro Estado del bienestar no son costes ni cargas, sino bienes preciosos, indispensables cuando el destino golpea. Lo que revela esta pandemia es que hay bienes y servicios que deben quedar fuera de las leyes del mercado. Delegar en otros nuestra alimentación, nuestra protección, nuestra capacidad de cuidar nuestro entorno vital es una locura.”

Tras este breve momento de lucidez, el gobierno se centró en su tarea principal, que era relanzar la máquina económica. Este hecho no tiene nada de sorprendente, ya que los gobernantes lo hacen porque por eso han sido colocado en este puesto. Lo que sí sorprende es la cantidad de gente que, en lugar de luchar contra lo que ha producido el virus -el productivismo y sus zoonosis- y lo que impedido contenerlo -la ausencia de una estrategia de prevención y la destrucción de la sanidad pública- sigue comulgando con la propaganda del gobierno que hace recaer toda la responsabilidad de la prolongación de la “crisis sanitaria” en los no vacunados, en estos pelados y sarnosos de los que viene todo el mal. Por otra parte, es un hecho irrefutable que la mayoría de las personas que en estos momentos llenan las salas de urgencias no están vacunadas[1]. En mesas redondas y declaraciones públicas se oye “que no, que no nos vamos a negar a reanimarlos, que es solo una pregunta que debería ser planteada”. Pero en el fondo se está evocando la posibilidad de abolir el principio por el que, tal como está el mundo, hay que defender la sanidad pública: la atención a todas las personas enfermas, hayan cumplido o no las instrucciones de las autoridades médicas antes de contraer la enfermedad.

Puesto que cada vez que se imponga una excepción en nombre de la urgencia, su alcance podría extenderse ad infinitum. Siguiendo en esta línea, nada impediría que un día se planteara la cuestión del nivel de atención que debe darse a quien no haya demostrado ciudado suficiente en la gestión de su capital biológico: sea alcohólico, drogadicto, fumador, conductor ebrio… Esta amenaza de una apartheid sanitaria, aunque tenga pocas posibilidades inmediatas de concretarse, tendrá al menos la función, a los ojos de la gran mayoría de los ciudadanos, de estigmatizar a una minoría que, por su parte, se sentirá reforzada a sus propios ojos en su papel de único rebelde radical contra el sistema. La trampa es tan burda como enorme y corre el riesgo de funcionar. Razón de más para luchar contra ella.

Como la horda empujada al borde del precipicio por los cazadores-recolectores, ahora nos miramos los unos a los otros, llenos de miedo y de ira, con la sensación de estar jodidos. Lejos del esplendor que las fieras saben conservar hasta el final, llevamos impregnados en nuestros cuerpos siglos de domesticación, explotación y pasiones siniestras: vemos claramente que el enemigo está ahí, que hace mucho tiempo que ha cambiado lanzas y arcos por balas de goma y la propaganda digital. El enemigo nos empuja hacia el abismo donde nos esperan los escombros de una civilización que ya está muerta pero no lo sabe. La tentación es grande, para no hundirse en el, para empujar a los demás hacia el, para combatirnos, para devorarse mutuamente. Pero otra posibilidad puede apoderarse de nosotros: dar la espalda al abismo y arremeter codo a codo contra el enemigo.

Es a este cambio de orientación nuestras emociones al que este texto quiere contribuir.

Conspiración de los conspiracionistas y de los anticonspiracionistas

El mismo poder engendra las teorías de conspiración contra él. Sea el poder despótico, al estilo chino, que teme constantemente que se esté tramando en la sombra el derrocamiento del trono, sea un poder dividido en facciones al estilo estadounidense, donde cada una teme las conspiraciones de las demás, los que ostentan el poder en Chinamérica (es decir, en todo el planeta) maniobran constantemente contra lo que les amenaza: en la realidad o en su cabeza. Conspirar constantemente y ver complots por todas partes es el destino de los que gobiernan. Habrá que ir con mucho cuidado con unas acusaciones de conspiración que vengan de periodistas dispuestos a repetir las mentiras de las autoridades. Ha habido complots, sigue habiendo complots y habrá más que nunca. Está claro, por ejemplo, que el lanzamiento del producto Macron en el pasado, como el de Zemmour recientemente, fueron el resultado de cálculos y artimañas de diferentes poderes económicos, más numerosos y variados para el primero que para el segundo.

En la esfera que controla todas las demás, la Economía (nombre en clave del capitalismo), podemos citar, otros mil ejemplos posibles: a Total que, después de haber identificado hace 40 años, el peligro del calentamiento global ligado a las actividades extractivistas, ha desplegado todas sus energías para negarlo, a Coca-Cola que, desde 2010, ha gastado 8 millones de euros sólo en Francia para hacer olvidar los riesgos asociados a sus bebidas, o a los lobbies del glifosato que han conseguido que el informe preliminar, en el que debería basarse Europa para volver a autorizar el uso de este veneno, excluya casi toda la literatura científica sobre el tema. Se puede afirmar que todos estos poderes de la industria alimentaria están maquinando en la sombra, en su propio beneficio y en detrimento del bien público: son la definición por excelencia de una conspiración [2].

En la segunda década del siglo XX se puso en marcha la primera trama mundial de negación con fines lucrativos, en este caso en torno a los efectos nocivos del plomo en la gasolina [3]. Desde que se conocían estos efectos, las grandes empresas automovilísticas estadounidenses multiplicaron las intrigas, los acuerdos secretos y las presiones, incluso judiciales, para seguir produciendo gasolina con plomo. También pagaron a científicos, financiaron conferencias y simposios donde aquellos sostenían que al fin y al cabo resultaba más complicado de lo que se pensaba, que los estudios eran contradictorios, etc. Esta vasta conspiración destinada a organizar el negacionismo puso en marcha un modelo que más tarde sirvió a las industrias del amianto, de la energía nuclear, del tabaco y de los plaguicidas. Lo mismo vale para las alianzas secretas con ciertos científicos que permitieron a los mandamáses de las industrias interesadas cuestionar y negar la existencia de un calentamiento global ligado a las actividades humanas, a pesar de que la mayoría de los expertos habían demostrado lo contrario.

La era de pasar límites

Hay, pues, muchos motivos para la convicción generalizada de que existen conspiraciones destinadas a aprovechar la autoridad de la ciencia médica y ponerla al servicio de intereses ajenos al bienestar y la libertad de la mayoría.

De forma que sobran razones para encontrar perfectamente legítima la desconfianza frente a los anuncios científicos relativos a la Covid-19, y en particular a la vacuna, su naturaleza y su eficacia. Sobre todo cuando se considera lo que se ha logrado, a escala planetaria, en nombre de la autoridad científica. El 10 de febrero de 2020, más de un mes antes del anuncio del primer confinamiento en Francia, ya apuntamos en un artículo publicado en Lundi Matin que lo más preocupante era descubrir la “capacidad de sumisión masiva” conseguida por el gobierno gracias al refuerzo conferido por la legitimidad científica. No deja de asombrarnos la rapidez y facilidad con la que la mitad de la población mundial se auto-confina en unas pocas semanas en la primavera de 2020. Para evaluar la relación que cada uno puede mantener con el conocimiento científico, no podemos perder de vista el papel que ha desempeñado – queriendo o a pesar suyo – en la justificación de la política de miedo a nivel global. [4] Este modo de gobernanza retoma técnicas de control ya probadas en la lucha antiterrorista [5], las perfecciona, las fusiona y las amplía espacial y molecularmente.

En contra de lo que cabía esperar a finales de marzo de 2020, ni siquiera hemos empezado a aprender las lecciones de lo que supuso este “inédito salto de límites de la aceptabilidad de las poblaciones con respecto a las restricciones liberticidas”. Para ello convendría primero situarnos en la secuencia temporal que se abrió a finales del siglo XX con el triunfo global del ultraliberalismo, una secuencia que podría caracterizarse como la era de pasar límites. Mientras que el calentamiento global pasó un límite en la carrera hacia lo irreversible, la deforestación y la agricultura industrial llegaron a pasar los límites entre especies a una escala sin precedentes, con el resultado que conocemos en forma de epidemias y pandemias. Al mismo tiempo, el carácter cada vez más invasivo de las técnicas de control ha aportado al gobierno de los seres humanos el equivalente de su relación con la naturaleza. Las políticas del miedo aliadas con la conquista digital de la atención y la emoción, han permitido pasar los límites de las viejas garantías impuestas por algunas revoluciones contra el despotismo estatal. Del mismo modo que pasar los límites en el marco de la guerra contra la naturaleza se ha justificado siempre en nombre de razones aceptadas como excelentes (alimentar a los hambrientos, crear puestos de trabajo, satisfacer las “necesidades energéticas”, ir más rápido, etc.), la creación de ficheros de ADN para trazar los movimientos de los delincuentes sexuales, el estado de emergencia para combatir a los terroristas, o la ampliación de los plazos de prescripción de los castigos contra pederastas, se han realizado designando a un enemigo absoluta y efectivamente indefendible. Cada vez fue un nuevo campo de posibles que se abrió para la “justicia infinita” y las exacciones seguritarias. Lo más preocupante de estos saltos de límite es que la inmensa mayoría de los seres humanos los aceptaron masivamente.

El papel de la ciencia en la aceptación de estas prácticas se debe cuestionar tanto más cuanto que, entre las explicaciones del origen de la pandemia de SARS-CoV-2, la hipótesis de una fuga de laboratorio tiene fuertes argumentos a su favor, y ahora incluso es apoyada por muchos científicos [6]. Sea cual sea la verdad sobre los orígenes del virus, que tal vez nunca se conocerán, las cuestiones planteadas al respecto han sacado a la luz una realidad llena de amenazas para el futuro: en muchos laboratorios de todo el mundo se están manipulando los virus para hacerlos, si no más virulentos, al menos más contagiosos: en aras de la investigación científica y para una mayor eficacia de las futuras vacunas, se supone (7). En este contexto se plantea con más urgencia que nunca la cuestión qué más se podría haber impuesto respecto a tecnologías que amenazan con “volverse locas”, como la energía nuclear, el Internet de las cosas (y su 5G), las nanotecnologías, etc. ¿Cuándo nos decidiremos a desenchufar estos Dr. Frankenstein?

Hay muchas razones para escuchar la pregunta planteada por Fabrice Lamarck, miembro del grupo Grothendieck [8], en su entrevista con La Décroissance, sobre las vacunas de ARN mensajero: “¿Qué límite en la cosificación del ser humano -el ser humano tratado como una máquina viva que hay que mejorar- hemos cruzado con estas tecnologías de vacunas?

Tanta confusión en la cabeza de la gente, tantos desencuentros entre (ex)amigos, tanta tristeza y emociones bloqueantes, tanta paranoia. Se puede afirmar que el actual estado de ánimo colectivo se caracteriza por la aprehensión ante un nuevo pasa de límites, la sensación que estamos a punto a dar un salto, o que ya lo hemos dado… pero hacia qué abismo?

La ciencia y nosotros

Sin embargo, también tenemos motivos para escuchar el grito de rabia de una enfermera amiga, a la que le hice leer la entrevista de Lamarck: Realmente no quiero caer en el patetismo, pero lo subjetivo está ahí, y no lo voy a reprimir: cuando has visto a gente mayor que tienen nombre: Marthe, Francis, Suzanne, Mario, Huguette, Gilberte y tantas otras personas magníficas, que sólo querían terminar su vida en paz, con serenidad y cuidados, se fueron en 24 horas, metidos en bolsas para cadáveres, sin preparación, sin que sus seres queridos pudieran verlos, aunque fuera por última vez. Cuando has visto a tus colegas, enfermeras y auxiliares, gente llena de experiencia, y que saben mantener la ‘justa distancia profesional’ con la muerte, caer en tus brazos y llorar desconsolados; cuando has visto caer a todo el equipo asistencial, golpeado de lleno por el virus mientras que los pocos compañeros que aún podían trabajar permanecían de guardia 18 horas al día, cuando has visto morir a una cuarta parte de las personas a tu cargo en una semana, con los pulmones carcomidos por el virus, y cuando apenas faltaba un mes para disponer de vacunas… Y se te presenta un tipo que declara, desde lo alto de su Olimpo conceptual: ‘es la puerta abierta a la modificación molecular de los humanos’, sólo tienes ganas gritarle: ‘¡cállate, gilipollas! No tienes ni idea de lo que estás hablando… !’ Es estúpido, ¿no?”

No, no es una estupidez esta explicación, y más aún porque viene acompañada de una crítica a las afirmaciones de Lamarck que puede ser bastante útil para disipar las fantasías ligadas a esta vacuna de ARNm que suele estar en el centro de los argumentos antivacunas. “Bueno, entonces lo horrible [según Lamarck] serían estas vacunas de ARN mensajero modificado ‘envueltos en un vector completamente artificial’. La palabra está dicha: ‘artificial’, seguramente en contraposición a ‘natural’. Ni siquiera vamos a entrar en el hecho de que muchos productos artificiales han demostrado ser muy útiles, y que muchos productos naturales pueden ser extremadamente perjudiciales. Se trata de asustar a la gente: ¡es ‘artificial’! ¡No es bueno! El vector en cuestión es una micropartícula con 4 lípidos (incluido el colesterol), 4 sales (cloruro de sodio, cloruro de potasio, dihidrógeno fosfato de sodio, dihidrógeno fosfato de potasio), azúcar (sacarosa) y agua… (¡es casi orgánico!) ¡No, debería dar miedo! Porque nos dicen que todo esto ‘se ha inyectado de forma masiva desde diciembre de 2020 sin suficientes pruebas clínicas tanto de seguridad como de eficacia’. Esto no es cierto, se han realizado ensayos de fase I, II y III, y si se continúa con la fase III, es para estudiar los efectos secundarios inesperados, la duración de la protección inducida por la producción de anticuerpos y la memoria inmunológica inducida, y para considerar el calendario de vacunación para las inyecciones de refuerzo si es necesario… hasta la fecha, se han administrado cerca de 8.000 millones de dosis de vacuna contra la Covid, y casi el 55% de la población mundial ha recibido al menos una dosis (de las cuales sólo el 6% en los países pobres). Nunca en la historia de los tratamientos y las vacunas ha habido una vigilancia de la farmacovigilancia tan grande.”

Y quizás nunca antes ha sido tan importante aclarar nuestra relación con la ciencia en general, y con la ciencia médica en particular. La desconfianza hacia las vacunas viene de lejos y está muy extendida en ámbitos con simpatías hacia los movimientos anticapitalistas. A riesgo de desagradar a muchos amigos y aliados, vamos a decirlo sin rodeos: este estado de ánimo se basa esencialmente en fantasías infundadas. Dos grandes reproches han alimentado durante mucho tiempo el rechazo a la vacunación y han resurgido en el caso de Covid a pesar de todos los desmentidos: su relación con el autismo y los accidentes derivados de la presencia de aluminio. El primer rumor, que se publicó por primera vez en la revista Lancet, fue desmentido posteriormente y la persona que lo había propagado resultó ser un impostor. En cuanto a la segunda, si bien es cierto que se ha añadido aluminio a algunas vacunas para potenciarlas, y que este metal ha provocado, en unos pocos casos, reacciones locales en el lugar de la inyección, nunca ha causado ningún accidente grave. [9]

Muchos de nuestros amigos y aliados tienen una desconfianza de principio hacia la ciencia en general y la medicina estándar en particular. Una vez más, digamos que esta desconfianza tiene muchas razones legítimas. Pero necesitamos algo más que una infusión con miel si queremos establecer una relación crítica con el conocimiento científico de nuestro tiempo, es decir, la ciencia producida por la sociedad capitalista.

Dos particularidades de las vacunas han alimentado especialmente los fantasmas: la velocidad sin precedentes con la que se han desarrollado, autorizado y comercializado, y la técnica del ARN mensajero. Desde al menos la Segunda Guerra Mundial, que aportó la fabricación industrial de la penicilina y la energía nuclear, ya no es necesario demostrar la capacidad del capitalismo de aprovechar las catástrofes que provoca para desarrollar en un tiempo récord nuevas técnicas que estaban en gestación antes del cataclismo, y llevarlas a la fase de producción a gran escala. Si bien la comercialización de una vacuna de ARN mensajero es, en efecto, una novedad, esta técnica no es una innovación surgida de la nada, sino que se venía estudiando desde hace treinta años. Y, como señala el INSERM1, “el ARN inyectado a través de la vacuna de Covid no tiene riesgo de transformar nuestro genoma ni de ser transmitido a nuestros descendientes, ya que sólo penetra en el citoplasma de las células, pero no en el núcleo celular donde se encuentra nuestro material genético. Esto lo confirman 30 años de investigación de laboratorio más general sobre las vacunas de ácido nucleico. Incluso después de la inyección de la vacuna, durante la división celular, los núcleos siguen conteniendo únicamente nuestro ADN humano natural. Además, la inyección es local y las células que reciben el ARN que codifica la proteína Spike son principalmente células inmunitarias: en ningún caso el ARN llega a las células de los órganos reproductores (las gónadas). Por tanto, no puede transmitirse de una generación a otra. Por último, el ARN extraño inyectado es inestable y, por lo tanto, no permanece en el cuerpo durante mucho tiempo: produce la proteína Spike suficiente para entrenar al sistema inmunitario a reaccionar en caso de una infección ‘natural’ por el virus, antes de ser eliminado.”

Por otra parte nos hallamos frente a una industria farmacéutica con un poder terrible. Está acaparando y privatizando la investigación [10] y ampliando su control sobre la atención clínica. Lo que gasta anualmente en grupos de presión debe equivaler al PIB de un puñado de países enteros. A veces basta con añadir un síntoma a una enfermedad en el DSMIV2 para que el público meta de un medicamento se multiplique de repente por diez o por cien, y con ello los beneficios que aporta a esta industria.

Sin embargo, hay que tener cuidado en el uso del término “Big Pharma”. No sólo porque se encuentra sistemáticamente en bocas de quienes tienen muy mal aliento sino porque transmite una visión simplista de lo que estamos enfrentando. “Big Pharma” es a la era de los gobiernos biopolíticos lo que el mito de las doscientas familias fue al siglo XIX. No existe un gobierno mundial secreto como tampoco existe el Big Pharma: nos enfrentamos a una coalición de intereses que operan y prosperan dentro de un orden mundial y una organización social organizada por y para ellos. Por lo tanto, es probable que, como todas las estructuras estatales, el INSERM no es inmune al lobby general de las grandes empresas farmacéuticas ni a la influencia de algunas de ellas. Pero precisamente porque es una coalición de intereses particulares y no una entidad monolítica, hay que suponer la existencia de contradicciones en su seno. ¿Se puede imaginar que si hubiera la más mínima sospecha de efectos secundarios nefastas con la tecnología de ARN que sus competidores como Johnson&Johnson y Astrazeneca, cuyas vacunas no se basan en esta tecnología, ahorrarían a sus rivales una intensa campaña de presión para asustar al público y multiplicar sus cuotas de mercado? ¿Y cómo se explica que, bajo el reinado omnipotente del “Big Pharma” y el ya algo antiguo “nuevo orden mundial”, que las estrategias sanitarias, ideológicas y políticas hayan sido tan radicalmente diferentes de Estados Unidos a Francia, de Israel a Brasil, de Suecia a China?

La crisis de Covid ha demostrado que los gobernantes pueden pedir mucho sacrificio a sus gobernados en nombre de su supervivencia biológica. Pero si esta última se pusiera en peligro de forma manifiesta y masiva, la docilidad ya no podría garantizarse. Ni siquiera el Partido Comunista Chino, a pesar de su incomparable capacidad para imponer su verdad a su población, se arriesgaría a difundir una vacuna en su territorio -y mucho menos en el resto del mundo- sabiendo que podría provocar graves efectos secundarios.

La verdad es mucho más simple y compleja a la vez. Ante la pandemia, la profundidad de lo que desafiaba y el riesgo que de repente suponía para la economía mundial, los gobiernos entraron en pánico. Su letanía de mentiras tenía que cubrir el pánico que experimentaron ante el hecho de tener que improvisar -al menos inicialmente- cuando todo su poder descansa en su pretensión de gestionar y anticipar. No para salvar vidas, sino para preservar a Economía. En el momento en que los aparatos gubernamentales de todas las grandes potencias del mundo experimentaban su mayor crisis de legitimidad, algunos quisieron ver en ello una conspiración de su omnipotencia. Al conspiraonoico le encantan las conspiraciones, las necesita, porque si no tendría que asumir responsabilidades, romper con la impotencia, mirar el mundo como es y organizarse.

[…]

Miedo, miedo, miedo…

Entre las batallas de trincheras que han tenido lugar en los últimos meses en las redes sociales, las que sin duda han provocado un mayor número de esguinces del dedo índice han girado en torno a las protestas contra el pase sanitario y/o la vacunación. ¿Fue una irrupción espontánea y popular de ciudadanos sinceros que rechazan esta medida de control social (todo el mundo tenía en mente los chalecos amarillos), o se trataba de conspiradores protofascistas, antisemitas, homófobos e iluminados (todo el mundo tenía en mente las manis contra el matrimonio de gais y lesbianas)? Como cada vez cuando se siente desbordada por los acontecimientos, cosa que ocurre a menudo, “la izquierda” se puso a santificar y meter en seguida al populacho en las casillas que les convenía para recuperar rápidamente el confort moral con el que se está embalsamado el cadáver desde hace tanto tiempo.

Algunos vieron hordas de mini-Bolsonaros reclamando una falsa libertad individual, la libertad de creer en cualquier cosa y de no dar importancia a los montones de cadáveres en los hospitales. Los otros vieron en ella una sana reticencia al control biopolítico y a la aberrante racionalidad sanitaria. Extrañamente, nadie parecía imaginar que estas manifestaciones podían ser todas estas cosas a la vez y contener tendencias muy heterogéneas según el momento y, sobre todo, en función de la ciudad donde se celebraban.

Tendemos, en nuestra tradición muy hegeliana de la izquierda radical, a considerar que todo lo negativo es intrínsecamente bueno. Como si por arte de magia de la historia, la impugnación del orden de las cosas produjera automática y mecánicamente la comunidad humana dispuesta a un régimen superior de libertad. Sin embargo, cuando observamos la nebulosa antivacunas, es decir, los influencers y portavoces que captan la atención en las redes sociales, organizan y agregan declaraciones y concentraciones, nos damos cuenta de que la inmensa mayoría lleva muchos años inmersa en el más estúpido y rancio extremismo de derechas. Militares retirados, invitados semanales en medios afines, grupos de presión contra la violencia femenina (sí, sí…), basta con pasar una hora “googleando” a estos autoproclamados portavoces para tener una idea bastante precisa de los círculos en los que se desplayan. Por supuesto, podríamos ser magnánimos y tratar de imaginar que la epidemia de Covid podría haber transformado a esa escoria en generosos camaradas revolucionarios, pero ¿cómo explicar que las únicas cajas de resonancia que encuentran sus teorías alternativas sobre el virus y la epidemia sean Egalité et Réconciliation, Sud Radio, France Soir, Florian Phillipot, etc.? Si podemos ponernos de acuerdo en los enunciados formales, rápidamente nos encontramos con un punto fundamental, la ética: la forma en que nos afecta una situación y la manera en que nos movemos en ella. Lo que hace que todos estos “rebeldes” anti-Macron sean tan compatibles con el fango fascista es el sentimiento de miedo paranoico que tienen y difunden y que, como es lógico, sintoniza perfectamente con una larga tradición de antisemitismo, xenofobia, etc. Y aquí es donde podemos ver una enorme diferencia cualitativa con el movimiento de los chalecos amarillos. Ellos partían de una verdad probada y compartida: su realidad material vivida como humillación. Fue al unirse, en las redes sociales y luego en las calles, que pudieron convertir este sentimiento de vergüenza en fuerza y coraje. En el corazón del movimiento antivacunas se encuentra una fuente emocional completamente diferente, el miedo, que se ha destilado durante meses. El miedo a infectarse, el miedo a enfermar, el miedo a no entender ya nada. Que este miedo al virus se convierta en un miedo al mundo y luego a la vacuna, no es nada sorprendente [11].

Pero hay que tomar en serio este sentimiento y la forma en que orienta los cuerpos y las mentes. No se orienta por el miedo, sino que huye de un supuesto peligro opuesto y acaba cayendo en brazos del primer charlatán o autoproclamado salvador. No hay más que ver las tres principales propuestas alternativas que conforman la galaxia antivacunas: Didier Raoult y la hidroxicloroquina, Louis Fouché y el refuerzo del sistema inmunitario, y la Ivermectina y el supuesto escándalo en torno a su eficacia preventiva. Lo que tienen en común estas tres variantes, y que explica la locura que generan, es que prometen escapar o curar el virus. Todos dicen exactamente lo mismo: “Si crees en mí, no enfermarás, te curaré, sobrevivirás. Palabra por palabra la palabra biopolítica del gobierno, en miniatura.

La política sanitaria del gobierno y su oposición proceden de los mismos resortes íntimos y convocan exactamente las mismas lógicas de legitimación. No es casualidad que, Francis Lalanne aparte, las principales figuras del movimiento antivacunas sean científicos o se presenten como expertos. Provax y antivax, conspiranoicos y anticonspiranoicos, estos acoplamientos forman un sistema que, sin embargo, obvia la cuestión crucial de una relación común y comunista con la salud, de una salida de la biopolítica.

[…]

No se trata de santificar sobre los antivacunas, sino de asumir que los sentimientos no son neutrales. El miedo no es comunista, despierta la desconfianza en todos y prepara el camino para la reacción. Es ahí donde tenemos que empezar, desde lo que nos une y no desde lo que nos congela.

Históricamente, lo que ha hecho a nuestro partido riguroso, correcto y políticamente sincero -y lo que lo hace perdurar- es que siempre se ha negado a transigir con los mentirosos y manipuladores de cualquier signo, y haberse aferrado a una cierta idea de la verdad, contra todas las mentiras desconcertantes. Que el caos de los tiempos nos desoriente es una cosa, que justifique que perdamos toda orientación y nos precipitemos en alianzas de circunstancias es otra. No hay razón para ser más intransigente con el poder que con sus falsas críticas.

¿Qué hacer con la ciencia?

Nosotros, que no queremos ni el despotismo sanitario de un gobierno que decreta restricciones a nuestras libertades en el Consejo de Defensa (es decir en el mismo molde utilizado en caso de emergencia terrorista), ni los delirios dopados digitalmente de los antivacunas, debemos plantearnos la pregunta: ¿qué hacer con la ciencia, y más concretamente con la ciencia médica? Para responder a esta pregunta, no podremos prescindir de la crítica de la tecnociencia, tal y como la han desarrollado Ellul, Charbonneau, Castoriadis, Illich… desde los años 70.

Si bien existen conocimientos científicos, no existe la “ciencia” como modo homogéneo de razonamiento racional y objetivo. La ciencia, y más aun dentro del capitalismo avanzado, se inscribe en una determinada idea del mundo y de la vida. Es a través de la instrumentalización de la ciencia que las fuerzas tecno-productivas reconfiguran en tiempo real nuestra cotidianidad.

No estamos dispuestos a olvidar que es precisamente la medición del mundo, su compartimentación científica, la objetivación de cada elemento del mundo, lo que nos ha convertido en cosas, listas para ser manejadas. Es justo ahí donde nos encontramos atascados: la invención, la investigación, el cuidado, la experimentación, todas estas características del mundo vivo, han sido colonizadas, aplastadas, reconfiguradas y calibradas por el mundo de la economía. Para todo lo que no encaja en este marco, para todos los intentos de una relación diferente con el mundo, se ha dejado una “alternativa”: tallos de cereza para luchar contra el cáncer, meditación para apoyar a los compañeros de trabajo, ovnis fluorescentes para seguir mirando las estrellas. Hay todo un mercado, lucrativo y emocional, dispuesto a acoger a las y los que el desencanto del mundo ha dejado exangües.

La pulsión dentro de las ciencias por un desarrollo técnico cada vez más autonomizado, que combina la soberbia técnica, la arrogancia tecnocrática y la rentabilidad a corto plazo, ha encontrado quizás su ilustración más espectacular desde la bomba atómica, en un laboratorio cerca de Wuhan, propiedad de una empresa estadounidense-china a la que Francia aportó su grano de arena. Sabemos que la relación científica con el mundo no puede desligarse de sus condiciones de producción, las capitalistas, para ser sintéticos. Sabemos que son posibles otras vías de conocimiento que ponen más en juego el imaginario [12]. Pero el hecho de que la “ciencia” se desarrolle en tensión constante con el poder y alimente la dominación técnica y productiva no significa que esto aniquile su capacidad de verdad. Es un acceso a la realidad, entre otros.

Al igual que se puede ser antinuclear, consciente de que la electricidad en Francia es nuclear en un 74%, y seguir utilizando la electricidad, se puede ser consciente de los sesgos que afectan al conocimiento médico [13] y considerar que, cuando se tiene cáncer, no es indigno no morir como Illich sino ser operado, como fue el caso de uno de los que suscriben, con la ayuda de un robot de muy alta tecnología. A la espera de construir otra sociedad que dé al máximo número de personas un control real sobre la producción de conocimiento, estamos condenados a improvisar en nuestra relación crítica con el conocimiento instituido. Para ello, podemos guiarnos por algunas ideas que han sido probadas en las luchas emancipadoras. Por ejemplo, ésta: dondequiera que haya poderes instituidos, hay conspiraciones, y las conspiraciones nunca han hecho historia, y nunca explican la esencia de lo que está en juego en una época.

La verdadera gran conspiración

Sí, amigo de las teorías de conspiración, tienes razón: desde el anuncio de la epidemia de Covid hasta su llegada a Francia en la primavera de 2020 y luego durante toda su gestión, ha habido una gran conspiración. Salvo que no es la que te estás inventando, y que de hecho no era nada nuevo: la gran conspiración se ha ido desarrollando públicamente ante nuestros ojos desde hace, digamos, cinco siglos. Queremos hacer nuestra la definición dada por Jacques Fradin en un artículo excelente:

La epidemia viral (de 2020) es la consecuencia del desbocamiento económico, la colonización, la depredación, la extracción, la explotación, el consumo, las instalaciones, las mercancías. Ahora bien, este desbocamiento es el resultado de una “conspiración”, la conspiración de los economistas, del culto a la iglesia, de las corporaciones depredadoras extractivistas y de las finanzas del control general, conspiración para establecer el “totalitarismo económico”, conspiración para “dar ideas” al capitalismo excitado y tambaleante, conspiración para hacer reflexivo (y espiritual) un camino errático y desastroso, el del capitalismo colonial de la tierra quemada. Conspiración para hacer del capitalismo de los vándalos la economía al servicio de la humanidad. La epidemia invasora es, pues, “causada” por una conspiración, por un “soplo”, el de la economización, la economía debe desarrollarse por la promoción de la “idea del capitalismo”, la espiritualización de un movimiento histórico inconsciente de sí mismo y que, sin esta espiritualización, se habría reducido a un simple refugio de piratas.

El gobierno ha mentido claramente sobre las máscaras, sobre los riesgos, sobre las medidas a tomar y sus innumerables excepciones. Ha maniobrado, ha deliberado en secreto, ha impuesto medidas sanitarias aberrantes y ha llevado a cabo una política de guerra contra su propia población. Excepto que todo esto lo ha hecho por su propio bien. El bien de los gobernantes y de los gobernados. Lo que la epidemia viral ha puesto de manifiesto no es la existencia de una o varias conspiraciones, sino la conspiración del capitalismo, de la economía. El aliento común y religioso de un orden mundial que no tolera otra lógica que la suya, ninguna existencia que se desvíe de su fe. Ciertamente ha habido estrategias diferentes: el keynesianismo de Macron, el libertarianismo ¿ de Bolsonaro, el control totalitario chino. Pero en todas partes se ha tratado de responder al mismo imperativo: ¿cómo preservar o mantener el rebaño humano? ¿Cómo asegurarse de que siga siendo dócil y salvaguardar su productividad?

Tanto la izquierda como las numerosas tendencias conspiranoicas han jugado sus papeles y han denunciado histéricamente (la histeria masculina es la peor, estamos completamente de acuerdo) tal o cual mentira o contradicción -el gobierno, que nunca ha hecho lo suficiente para unos, siempre ha hecho demasiado para otros-, pero está claro que su política fue esencialmente de una coherencia deslumbrante. Cada decisión que superficialmente podía parecer contradictoria, cada palabra más o menos equívoca, se inscribía en una misma lógica que puede resumirse en dos mandatos: que los organismos sigan trabajando o estén disponibles para ponerse en marcha, que la incertidumbre no provoque una crisis de fe en el orden económico. Según el momento y el objetivo, había que tranquilizar y asustar, proteger y exponer al riesgo. Más que nunca, el poder ha coincidido con la economía, se ha adaptado a los lugares, los cuerpos y las mentes, ha aprovechado las oportunidades y se ha reorganizado con rapidez y fluidez.

Es evidente que determinados sectores del capitalismo se han beneficiado en gran medida de la crisis para consolidar o acelerar su dominio, y el dominio de GAFAM (Google, Apple, Facebook. Amazon, Microsoft) y sus implicaciones para la reconfiguración de nuestras vidas se discuten incluso en los noticieros de la televisión pública. Si las teorías de conspiración se caracterizan por no haber conseguido nunca descubrir la más mínima trama, ni siquiera por casualidad, es porque se imaginan una forma de poder irrisoria y anticuada. No es tanto una creencia falsa como un método condenado al fracaso. La característica del poder actual es que se ha extendido, profundizado y diseminado hasta el punto de parecer no inalcanzable -se nos pega al culo– sino incomprensible. El intento neurótico de hacer salir las intenciones malignas de los sujetos malévolos no es otra cosa que consagrar nuestra impotencia para hacer surgir una realidad distinta de la que nos encierra y en la que nos asfixiamos. La marea está subiendo y nos empecinamos a denunciar una ola.

El anticonspiracionista comete básicamente el mismo error. Rastrea el paso en falso del conspiracionista, su error, su mentira. Intenta demostrar lo que chirría psicológicamente en su razonamiento. Para ambos, el sentimiento de impotencia ante la desintegración del mundo desemboca en un consuelo barato: “Yo sé algo que tú no sabes”. El conspiracionista denuncia al mal dominante, el anticonspiracionista al mal dominado.

Todas las potencias conspiran, es su marca de fábrica. Pero si gobernar requiere la capacidad de mentir, de ocultar y de realizar ciertas maniobras secretas hasta el final, se trata de exigir a los gobernados exactamente lo contrario: transparencia, caras descubiertas, intereses declarados, comportamientos calculados y calculables. Macron decide sobre las medidas sanitarias a puerta cerrada con su consejo de defensa mientras nosotros tenemos que permitir que verifiquen nuestro pase de vacunación y nuestra identidad para poder ir a tomar un café. Si las élites políticas e intelectuales odian tan visceralmente al conspiracionista, no es porque ponga en riesgo la salud de sus conciudadanos con su desinformación o su egoísmo, sino porque ya no cree en la ficción democrática. Por eso el conspiracionista nos conmueve: ha perdido tanto la fe en los que le gobiernan, que está dispuesto a creer en cualquier cosa. Sus pensamientos se vuelven misteriosos, sus redes opacas, ya no es el homo economicus que gestiona sus sentimientos, ideas y acciones con el único fin de maximizar su valor y, por tanto, sus beneficios en el gran mercado de la vida social. A partir de ahí, sólo hay dos posibilidades de cara a los que desvarían: devolverlos al buen camino por la fuerza y la coacción o utilizarlos como figura repulsiva para gobernar mejor a los demás. Fiel a su estilo, Macron ha elegido el “hacerlo a la vez”.

Fue en este momento preciso cuando hemos empezados a perder la partida

El enemigo, al final de cuentas, no son nunca los humanos y sus tejemanejes, porque todos, gobernantes y gobernados, están atrapados en unas relaciones sociales de las que, en función de su lugar en la jerarquía de dominaciones, se sirven, pero a las que, al final, todos sirven. El enemigo final es una relación social, la explotación: la explotación del hombre por el hombre -o más bien de los humanos, y especialmente de las humanas, por otros humanos- , y la explotación de lo no humano (la “naturaleza”) por los humanos.

Durante al menos los últimos 40 años, como se ha señalado a menudo, las diversas formas de “crisis” a las que nos enfrentamos constituyen oportunidades de reconfiguración y de sofisticación para los gobiernos. El capitalismo, en su plasticidad, sabe perfectamente cómo adaptarse y digerir las diferentes anomalías sistémicas, tanto si está en su origen como si las sufrió en un primer momento. No es casualidad que sus formas actuales más avanzadas y refinadas sean la gestión y la cibernética (que no excluyen, por supuesto, sus formas anteriores de acaparamiento brutal, de destrucción colonial y de sus numerosos matices de explotación). Pero lo inédito de esta “crisis de Covid” no fue sólo su escala mundial, su rápida propagación y la magnitud del riesgo que repentinamente se cernió sobre miles de millones de personas. Lo que hemos presenciamos, ciertamente con los brazos cruzados, fue el colapso de todo el entramado gubernamental mundial al mismo tiempo. No por sus dificultades momentáneas para gestionar la situación, sino por la profundidad de la verdad contenida en Sras-Cov-2: toda la organización del capitalismo, la economía y la gubernamentalidad en la que se basa nuestra existencia y supervivencia son, a escala de la especie, un suicidio. Prueba de ello es el primer discurso de Emmanuel Macron y sus múltiples declaraciones de guerra contra un enemigo invisible. Si no nos burlamos tanto, es porque todos comprendimos que esta guerra sólo podía librarse contra nosotros mismos. Pero se ha olvidado que, en esta misma declaración, el propio jefe de Estado tuvo que reconocer que este minúsculo virus estaba desafiando todo nuestro modo de vida y producción occidental y capitalista.

Aquí es precisamente donde radica el verdadero acontecimiento de esta sindemia. No en los dispositivos de control amplificados y perfeccionados, no en la puesta bajo tutela sanitaria y disciplinaria de miles de millones de seres humanos -todo ello son continuidades y refundaciones- sino en esta verdad demoledora, destituyente y primera: el mundo, es decir, este mundo, debe ser desmantelado.

Si el mundo de la economía se mantiene y domina, es porque su compleja organización y aparato van unidos a una fe casi metafísica en su positividad. No son solo las infraestructuras las que han flaqueado, sino que también la creencia se ha desmoronado.

Fue en este momento preciso cuando empezamos a perder la partida. Mientras el virus revelaba el evidente fracaso de nuestra civilización desde sus cimientos, nos dejamos arrastrar por la gestión, buena o mala, no tan mala o catastrófica. En un momento en que la idea misma de la vida se ve obligada a replantearse y reinventarse, criticamos a los políticos. Cuando el gobierno tenía tantas dificultades para enmascarar su pánico y su incapacidad para ejercer su función fundamental y espiritual, la de prever, se oyeron como algunos izquierdistas, incluso anarquistas, carcajeaban: “si todo esto está ocurriendo, es porque ellos han querido que ocurra o han decidido que ocurra.” La cruel ironía es que incluso cuando el Estado se encuentra en un aprieto con la máxima dificultad para gobernar, puede contar con sus fieles denigradores que revelan su omnipotencia y se cachondean de ella.

El primer objetivo de cualquier gobierno en tiempos de crisis es hacer pasar los golpes de fuerza, el oportunismo y el chapuceo por planificación metódica, controlada y racional. Para ello, no encuentra mejor aliado que sus críticos conspiracionistas, que siempre están ahí para adivinar sus maniobras omnipotentes y anticipar todo su poder. Por eso el gobernante necesita al conspiracionista, lo adula.

Desde el punto de vista destituyente, es decir, desde el punto de vista de quienes no ven otra salvación que el fin del mundo de la economía, de su religión mortal y de sus infraestructuras destructivas, la solidaridad que se ha desarrollado entre el gobierno y las teorías de la conspiración recuerda el papel histórico de la izquierda: la distracción y el fusible. En lugar de partir de la demoledora verdad revelada por este microscópico virus, nos limitamos a comentar la gestión. Si el Estado ha resistido, es porque no hemos encontrado los recursos para dejar de creer en él.

Si es importante detenerse tanto en la galaxia antivacunas y su proximidad a los fachas, es porque esta galaxia es un auténtico lastre que impide el despegue del movimiento contra el despotismo sanitario. Porque, sin duda, éste podría haber alcanzado un nivel mucho más alto, y más allá de las fronteras, exigiendo, por ejemplo, la disponibilidad de las técnicas de fabricación de la vacuna [14] La patente es una ficción. Contiene la secuencia de ARN que se publicó después de que la vacuna fuera secuenciada por aficionados, al cabo de 2 días. Para fabricar las vacunas, lo que cuenta es la técnica. Cómo se encapsula la pequeña hebra. Y eso no se menciona en la patente. Si la principal preocupación de los gobernantes hubiera sido nuestra salud, habrían velado por que el suministro de vacunas fuera el mismo en todas partes, cualquiera que fuera el coste, ya que, como han demostrado las sucesivas oleadas, mientras se excluya al Sur pobre, nunca se conseguirá una protección suficiente contra el SARS-CoV-2 en el único nivel realmente eficaz: el del planeta. Luchar contra la apropiación privada de las políticas sanitarias y por su empoderamiento colectivo por parte de las bases habría sido – la paradoja es sólo aparente – la única forma coherente de afirmar nuestra solidaridad con ese 80% de rusos que prefieren usar pases sanitarios falsos antes que confiar en el Estado de Putin, y más aún con el magnífico movimiento guadalupano que ha vuelto al asalto de la Pwofitasyon.

La sensación de miedo domina e impone sus palabras y su tiempo, y constituye el campo de batalla del que debemos huir. Hay que partir de una cierta idea de la vida, de lo que contiene de irreductible, a partir de ahí con-spirar, encontrar el aire juntos. Despejar los obstáculos, barrer los fantasmas conspiracionoicos Francis Lalanne, Emmanuel Macron, Didier Raoult, Olivier Véran, para acabar con todo. Y para partir de nuestras experiencias y las de miles de médicos y enfermeras/os [15]. Se trata de aprender a cuidar de nosotros mismos. A partir de ahí y sólo ahí, en tiempos de pandemia, encontraremos el aliento y la fuerza para pasar al ataque y acabar con esta sociedad patógena. ¿Cómo podemos construir una ofensiva que vaya más allá de las falsas oposiciones, de los falsos dilemas?

Este podría ser el tema de un futuro texto…

Notas:

[1] Se estima que el 9% de la población francesa mayor de 20 años no está vacunada. Si la vacuna no funcionara, estadísticamente, los no vacunados no deberían representar más del 9% de las muertes. Sin embargo, actualmente representan el 38% de las muertes, el 41% de los ingresos en hospitales convencionales y el 52% de los ingresos en las UCI. Durante la semana del 13 al 19 de diciembre, una media de 1,5 de cada millón de personas vacunadas ingresaron en cuidados intensivos cada día. De un millón de personas no vacunadas, 26 fueron ingresadas en la UCI. (información resumida por PKD)

[2] https://www.liberation.fr/environnement/pollution/total-a-nie-pendant-40-ans-la-menace-du-changement-climatique-et-tente-dinfluencer-lopinion-

https://www.lemonde.fr/planete/article/2019/05/08/enquete-sur-la-science-sous-influence-des-millions-de-coca-cola_5459509_3244.html?utm_source=pocket_mylist

https://www.lemonde.fr/planete/article/2021/11/16/glyphosate-l-expertise-europeenne-a-exclu-de-son-analyse-l-essentiel-de-la-litterature-scientifique_6102224_3244.html

[3] Véase Jamie Lincoln Kitman, The Secret History of Lead, Allia, 2005

[4] Un amigo señala, con razón, que en Francia la opinión del “consejo científico” sólo fue tenida en cuenta por el gobierno hasta junio de 2020. Después, era el Consejo de Defensa el que arbitraba en secreto las decisiones sanitarias, instrumentalizando a su antojo las recomendaciones científicas. Los ideólogos “primitivistas” que suelen sostener una coincidencia total entre el poder político y el “cientificismo” no pueden ver que se trata de una relación mucho más compleja. En este caso concreto el mundo científico fue excluido de los órganos de decisión porque se oponía regularmente a las políticas sanitarias.

[5] Véase S. Q., La politique de la peur, Le Seuil/Coll. Non Conforme, 2011

[6] Véase también: Coronavirus : des chercheurs sur la piste d’un accident de laboratoire », L’Obs (en línea), 13-14 de abril de 2021, así como, en Le Monde (20 de mayo de 2021, en línea) “Origine du SARS CoV-2 : un an et demi après, plus de questions que de réponses”.

[7] En el peor de los casos, no habrá fin, ya que no se puede olvidar los laboratorios militares que se preparan para la guerra bacteriológica. Con modelos terroríficos que incluyen cepas extremadamente virulentas de viruela…

[8] Sobre la figura de Grothendiek, uno de los más grandes matemáticos del siglo XX que abandonó su carrera científica para dedicarse a la ecología radical, vale la pena leer: https://sniadecki.wordpress.com/2012/05/20/grothendieck-recherche/?utm_source=pocket_mylist

[9] Este texto fue escrito al mismo tiempo que la co-traducción del libro de Wuming La Q di Qomplotto, (que será publicado en 2022 por Lux Editeur), del que no me resisto a citar un largo pasaje que documenta lo que se afirma en este párrafo: “La fantasía conspirativa médica más popular y duradera fue la de las vacunas como causa del autismo. Se remonta a los años noventa y desde entonces se ha extendido en un abanico de variantes e historias secundarias.

La idea de una relación causal entre la vacuna MPR (sarampión, paperas y rubeola) y el aumento del autismo se hizo famosa tras la publicación de un estudio en febrero de 1998 en la prestigiosa revista científica The Lancet. El autor principal fue Andrew Wakefield, gastroenterólogo, cirujano de hígado y vesícula biliar y profesor del University College London (UCL). Wakefield y su equipo sugirieron una correlación entre las vacunas y un presunto síndrome intestinal que Wakefield denominó posteriormente “enterocolitis autista”. En los años siguientes, se descubrió que el estudio no sólo era defectuoso, sino también fraudulento: incorrecto en la selección de pacientes, intencionadamente sesgado en los resultados y condicionado por conflictos de intereses.

Wakefield había recibido 435.000 libras de un abogado civil, Richard Barr. Barr estaba preparando una demanda contra los productores de la vacuna MPR y necesitaba pruebas científicas para apoyar su caso, así que le dio a Wakefield los nombres de algunos de los niños de sus clientes para que los examinara. El gastroenterólogo no había informado a nadie, ni siquiera a su propio equipo, del papel de Barr y del acuerdo. Los editores de The Lancet tampoco estaban informados.

Pero había más gato encerrado: en 1997, Wakefield había presentado una patente para una vacuna contra el sarampión que competía con la que su estudio había “incriminado”. Tras esta serie de revelaciones, diez de los once coautores se distanciaron públicamente del estudio. El 2 de febrero, The Lancet retiró oficialmente el estudio y lo eliminó de sus archivos en línea. Poco después, Wakefield fue eliminado del registro médico británico. Esto puso fin a su primera carrera, y comenzó la segunda. El ex médico se había reciclado como “héroe científico”, víctima de los poderes de la industria farmacéutica, colocándose a la cabeza de lo que, entretanto, se había convertido en un movimiento internacional. […] El hidróxido de aluminio de las vacunas se utilizaba como adyuvante para reforzar el sistema inmunitario. Los estudios confirmaron su seguridad, pero los antivacunas lo relacionaron con los resultados de otras investigaciones, en las que se encontró una cantidad anormal de aluminio en el tejido cerebral de sujetos autistas. Suponiendo -por pura hipótesis- que el aluminio estuviera implicado, este metal estaba en todas partes: en el aire, en el agua, en los alimentos, en la leche materna, a menudo en cantidades superiores – en órdenes de magnitud diferentes – a las encontradas en la vacuna. Sólo por el hecho de vivir en la ciudad, un niño podría inhalar de uno a diez miligramos de aluminio al año, es decir, diez veces la cantidad que se recibe de una sola vez en la mayoría de las vacunas. Esto ha sido confirmado por estudios sobre el aluminio residual en el cuerpo de los niños, que han demostrado que los niños no vacunados o menos vacunados pueden tener cantidades más altas, mientras que los niños más vacunados tienen cantidades más bajas. No hubo proporcionalidad entre los dos estados. Dejando de lado el autismo, el problema innegable, el tema a atacar, era un entorno cada vez más patógeno. Entonces, ¿por qué centrarse en las vacunas?

[10] Un investigador amigo mío nos proporciona algunas aclaraciones. La industria farmacéutica no tiene el dominio de la investigación básica, sino que tiene el monopolio de las aplicaciones, comprando las start-ups si es necesario. La técnica del ARNm, por ejemplo, es el producto de una investigación pública básica independiente, y son sus resultados los que luego se privatizan y se vuelven a movilizar a través de los canales industriales.

[11] Uno podría estar tentado de añadir que el grado de arraigo de las afirmaciones de Zemmour -el cuerpo nacional sano contaminado por el veneno del extranjero- se debe a este mismo estado de estupefacción anterior, pero eso sería otro texto.

[12] Cf. Charles Stépanoff, Voyager dans l’invisible. Techniques chamaniques de l’imagination París, La Découverte, 2019

[13] Constituido también, como todas las ciencias, a partir del uso ocasional de resultados adulterados y golpes de fuerza lógicos. Sobre las condiciones de producción del conocimiento científico, se puede leer: Paul Feyerabend, Contra el método. Barcelona: Planeta De-Agostini, 1993. Así como: Willia J. Broad, Nicholas Wade, La Souris truquée, enquête sur la fraude scientifique, Points Seuil, 1994. A este respecto, uno de mis “consejeros científicos”, Fredéric, me escribió sobre el texto de Monchoachi publicado en Lundi Matin: “me hizo pensar inmediatamente en Aimé Césaire y su magnífico texto “Cahier d’un retour au pays natal” que sugiere otro modo de acceso al conocimiento que el enfoque científico occidental de “los que no inventaron ni la pólvora ni la brújula”. Los que nunca domesticaron el vapor o la electricidad…”. Sin embargo, al abogar por el enfoque intuitivo, por la comprensión subjetiva de las cosas, no se aleja tanto de la naturaleza real de los grandes descubrimientos, que nunca fueron el resultado de investigaciones hipotético-deductivas sino de saltos epistemológicos; de intuiciones geniales en total ruptura con las certezas científicas del momento. Incluso se les llama “revoluciones” (copernicana, cuántica…) y sus autores estaban en la lista negra como Galileo. Sus contemporáneos no trataron mejor a Darwin, y Einstein no consiguió convencerles inmediatamente de la validez de la relatividad general o especial. Además, en el campo que conozco un poco mejor, ninguna gran innovación terapéutica ha sido el resultado de una teoría construida, sino de descubrimientos casuales. Esto daría la razón a Feyerabend que defendió la teoría anarquista del conocimiento. No se encuentra nada arando el mismo surco. Queda por entender cómo se descubre algo que no existe, oponiéndose a la propia comunidad y persistiendo a pesar de la persecución; “… ¡y sin embargo, gira! Nota del autor de la nota: pero no, ni Raoult, ni ninguno de los gurús antivax es Galileo.

[14] Un amigo nos señaló que la pretensión de que se levanten las patentes no tiene mucho sentido. Las patentes contienen la secuencia de ARN que se publicó después de que la vacuna fuera secuenciada por aficionados, al cabo de 2 días. Lo que sigue siendo secreto y no está incluido en la patente es la técnica de fabricación, cómo se encapsula el ARNm.

[15] Queremos agradecer a nuestros amigos de la profesión médica que nos han aportado su larga familiaridad con los temas aquí tratados, Jean-Marc F., Caroline M., Frédéric R., así como al profesor Logos por su experiencia.

1 Instituto Nacional de la Salud y la Investigación médica

2 Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales

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