De la industrialización al colapso I

Una historia breve del capitalismo industrial en tres partes
1ª parte – De los comienzos del capitalismo a la Segunda Guerra Mundial

La emergencia climática causada por la emisión masiva de combustibles fósiles es la consecuencia directa de un sistema económico que requiere un crecimiento infinito en un mundo con recursos limitados. Unos recursos que, después de más de 150 años de capitalismo industrial, se están agotando o deteriorando de tal manera que su explotación arroja cada vez menos beneficios económicos.

Arrojar el máximo de beneficios es justamente la segunda ley fundamental del régimen capitalista. Para imponer esta ley, el capital siempre ha estado dispuesto a todo. De hecho, no se ha podido implantar en ningún lugar del mundo sin haber destrozado o deteriorado previamente los medios de subsistencia de los lugareños más pobres para que aceptasen trabajar en las fábricas, minas o plantaciones.

Las guerras y saqueos no son tan solo las formas más brutales de esta “acumulación primitiva” sino también las más rentables, lo que las convierte en consustanciales a la implantación y extensión del capitalismo. Así que, de finales del siglo XIX a mediados del XX se desataron numerosas guerras entre los Estados industrializados en su disputa imperialistas por el reparto de las colonias, sus fuerzas de trabajo y sus recursos naturales. La creación del Fondo Monetario Internacional (FMI), Banco Mundial (BM) y la OTAN al final de la Segunda Guerra Mundial -a medida de las necesidades de Estados Unidos- acabó con los conflictos armados entre los Estados capitalistas pero no con la guerra como medio de protección de los intereses del capital.

Aunque en muchas guerras contemporáneas las potencias capitalistas se mantienen en un segundo plano, delegando las actividades bélicas a sus aliados regionales, prácticamente todas estas guerras han sido desatadas para garantizar el acceso del Norte global a los recursos naturales y muy especialmente al petróleo. Las llamadas guerras civiles en los países menos industrializados forman parte de esta misma necesidad, al igual que la brutalidad de la represión contra las luchas de las clases populares de dichos países.

Por otra parte, el desarrollo del capitalismo, desde sus inicios, está intrínsecamente ligado a determinadas innovaciones tecnológicas. La aplicación industrial de las innovaciones seleccionadas se traduce siempre en un aumento de la capacidad de fabricación de mercancías y en la abertura de nuevos segmentos de mercado. Si bien es cierto que estas innovaciones siempre crean productos que pueden mejorar las condiciones de vida, también suelen implicar la destrucción o marginación de otras formas de producción, menos productivas, pero también mucho menos nocivas y mucho más humanas. Además, la creciente complejidad tecnológica y su omnipresencia están sobredeterminando cada vez más nuestra propia existencia y las facultades humanas.

La industrialización

La industrialización se inició sobre la base de un mercado mundial colonial que llevaba siglos abasteciendo las clases dominantes de la metrópoli, tanto con oro, plata y piedras preciosas que incrementaron su poder financiero, como con metales, porcelana, seda, telas de algodón, etc. que se transformaban en los talleres y primeras manufacturas de las metrópolis.

El perfeccionamiento de la máquina del vapor a finales del siglo XVIII permitió su primera aplicación industrial en forma de telares mecanizados. A partir de aquel momento esta nueva tecnología encontró cada vez más aplicaciones para la producción industrial de mercancías al mismo tiempo que permitió la instalación de las fábricas cerca de los lugares donde se encontraban las materias primas y las fuerzas de trabajo.

Desde su nacimiento el capitalismo industrial era una maquinaría de acumulación de riqueza sobre la base de una explotación brutal de la clase trabajadora. La literatura está llena de descripciones de los sufrimientos de las familias obreras que desde su infancia estaban obligadas a trabajar a destajo en minas y fábricas inmundas por un salario que apenas les permitía pagar el alquiler y la comida. Hacían falta innumerables huelgas y revueltas para mejorar las condiciones materiales de vida de la clase obrera y transferirle una mínima parte de la riqueza que había creado con su sobreesfuerzo.

La creciente demanda en las metrópolis intensificó asimismo la explotación de la mano de obra de las colonias que, muchas veces, se produjo en régimen de esclavitud creando circuitos de acumulación de capital cada vez más rápidos. A lo último contribuyó también el hecho de que el aumento de la producción agrícola y mejoras en las condiciones sanitarias proporcionaron un crecimiento de la población.

La invención, a mediados del siglo XIX, del ferrocarril propulsado por máquinas de vapor que se alimentaban de grandes cantidades de carbón dio un impulso decisivo al desarrollo del capitalismo industrial. Permitió un flujo mucho más rápido y compacto de las mercancías creando una acumulación de capital que se retroalimentaba de un incremento de inversiones en la ampliación constante de la red ferroviaria.

Hacia finales del siglo XIX se construyó el primer prototipo de un vehículo alimentado por un derivado del petroleo. Y a principios de siglo XX, un tal Frederick Taylor inventó, en los Estados Unidos, la cadena de montaje a partir de una división milimetrada y cronometrada de cada una de las operaciones manuales necesarias para la fabricación de un producto. Este incremento brutal del control de la productividad de los trabajadores produjo otro aumento sustancial de la acumulación de capital, al mismo tempo que permitía la producción en serie a gran escala.

La combinación de estas dos invenciones sentó la base de la configuración moderna del capitalismo industrial y de una economía basada en la combustión del petróleo y de sus derivados. El nuevo sistema fue inaugurado en las cadenas de montaje de Henri Ford antes de la primer Guerra Mundial y se extendió rápidamente por todo el mundo capitalista.

La Primera Guerra Mundial desplegó el potencial del nuevo modo de producción industrial hasta extremos escalofriantes. Posibilitó la fabricación en masa de artefactos militares inventados poco antes o durante la misma guerra: tanques acorazados, submarinos, aviones, metralletas, armas químicas, etc. Todo ello en unas condiciones infrahumanas para las personas – en muchos casos mujeres – obligadas a trabajar a destajo en las cadenas de montaje.

El resultado de esta primera “guerra industrializada” fueron unos 9.500.000 soldados caídos en las trincheras y campos de batallas y varios millones de tullidos, prácticamente todos ellos soldados rasos. Además, causó unos seis millones de víctimas entre la población civil, muchas de ellas fallecidas en las colonias. La Primera Guerra Mundial fue, con creces, la guerra más sangrienta habida hasta aquel momento, y la última en que murieron más soldados que civiles.

La masacre entre 1914 y 1918 desató una oleada de insurrecciones revolucionarias en los países centrales de Europa. Su forma de organización y de gobierno eran los consejos populares. Pero solo el levantamiento en Rusia se pudo mantener en el tiempo. Los otros fueron derrotados brutalmente por grupos paramilitares creados y financiados por una alianza entre el clero, la vieja nobleza y los nuevos barones industriales. A principio de los años 20 estos grupos paramilitares pasaron a engrosar las filas de los primeros grupúsculos fascistas.

La Unión Soviética, por su parte –y a pesar de su deriva totalitaria y su apuesta por un capitalismo de Estado- constituiría durante los próximos 70 años un muro de contención contra los intentos expansionistas de los Estados capitalistas occidentales. Esta circunstancia además les forzó a numerosas concesiones a las clases obreras para contener el crecimiento de movimientos anticapitalistas.

La década de 1920 se caracterizó por un gran crecimiento de las industrias automovilística y química así como por la generalización del suministro eléctrico en las ciudades. En el campo se dieron los primeros pasos de la mecanización de la agricultura, acompañados por el desarrollo de fertilizantes derivados del petróleo. El despliegue de los electrodomésticos, particularmente de los aparatos radiofónicos, así como la implantación de la industria cinematográfica, fueron otros hitos de una época que se suele describir como feliz y dotada de mucha energía creativa.

Pero esta felicidad no llegó a todos ni duró mucho. El caso era que el aumento enorme de las capacidades de fabricación de bienes de consumo no se había traducido en un aumento de los salarios. De modo que no había bastantes consumidores para tantos productos, mientras que la superproducción resultante causó una caída en picado de los precios. La consecuencia de este cóctel fue la gran crisis económica mundial del 1929, que provocó un aumento brutal del desempleo y de la pobreza en amplias capas de población. Este hecho se tradujo, a su vez, en una recesión económica mundial que duraría hasta bien entrados los años 30.

La salida de esta primera gran crisis mundial del capitalismo industrial pasó por un reforzamiento del papel del Estado. En países como Alemania e Italia el reforzamiento vino de mano de los movimientos fascistas, que consiguieron convertir las aspiraciones de justicia y emancipación de las masas populares en su contrario. Sin embargo, los fascistas nunca habrían llegado al poder político sin el decidido apoyo material de los grandes capitalistas industriales y sus alegados. Una vez tomado el poder desplegaron grandes programas de inversión publica que reactivaron la economía. Algunos de estos programas tuvieron un marcado carácter social, la mayoría persiguió la militarización de la sociedad y de la economía con la vista puesta en una nueva guerra mundial.

También los Estados capitalistas con sus democracias representativas apostaron por la creación de un sistema público de seguridad social, por ayudas al desempleo, la construcción de vivienda social, y por grandes inversiones públicas. El conjunto de estas medidas -que en los Estados Unidos se bautizó como New Deal- apuntaban a la constitución de un Estado que debía crear las condiciones materiales que garantizase una demanda elevada de productos y servicios y, a su vez, la paz social.

Entretanto, los Estados fascistas europeos, liderados por la Alemania nazi, habían provocado la Segunda Guerra Mundial. Esta nueva guerra, quizás, no superó en crueldad militar a la Primera pero sí en los ataques masivos a la población civil. Se calcula que entre 1939 y 1945 mató entre 60 y 80 millones de personas, la inmensa mayoría de ellas población civil que vivía en las ciudades. Un punto culminante de esta barbarie fueron las bombas atómicas que los Estados Unidos lanzaron sobre Hiroshima y Nakasagi. Las dos bombas mataron de golpe a más de 250.000 personas, todas ellas civiles.

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